Claves Musicales Revista-e Avisos & Noticias Más Contenidos Productos & Servicios Sobre Nosotros Misceláneas
ROBERT SCHUMANN
SEGUN JULIO CORTAZAR
El sábado 5 de
noviembre de 1938 el doctor Luis Gagliardi ofreció en la Intendencia Municipal
de Bolívar (Pcia. de Buenos Aires) un recital Schumann-Chopin a beneficio del
comedor escolar, con "comentarios prelimiares a cargo del Profesor Julio
Florencio Cortázar". Reproducimos aquí el comentario de la primera parte, "Para
las Kinderszenen de Roberto Schumann".
Para las Escenas Infantiles
de Robert Schumann
por Julio Cortázar (1914-1984) *escrito en
el año
1938
(extraído del libro "Papeles inesperados", Editorial Alfaguara, 2009)
Asomarse a la música de Roberto Schumann es como asomarse a
su alma. Esto, que resulta válido para con la mayoría de los románticos,
adquiere en el caso del músico alemán una dolorosa profundidad. Dolorosa sí,
pero cuán dulce y bella. Música escrita en momentos inefables, esos momentos que
sólo los santos y los artistas viven. Esos momentos de total comprensión del
universo cuando, ante la majestad de todo lo creado se descubre, asimismo, la
lastimosa pequeñez de la vida humana. Schumann, obsesionado por la angustia de
una existencia falta de equilibrio, presintiendo acaso la locura que habría de
asirlo, como a Nietzsche, en sus últimos años, se vuelca hacia el mundo
interior, un mundo que su espíritu y su arte crean, un mundo distinto del triste
mundo que le revelan sus sentidos. Porque la música es como un cosmos que nos
abarca a todos; esfera dentro de otra, contenida, sí, pero no confundida. Esfera
que, por obra de genios como Schumann, nos llega ahora, brotando de un teclado,
para acercarnos a su drama, a su belleza. Si existe un don divino del artista,
ese don no es su arte, conquista humana; ese don es la entrega generosa que el
artista hace de su cosmos, para que el resto de los hombres pueda inclinarse
sobre él, y maravillarse, y sentirse un poco por encima del panorama cotidiano.
Schumann confía a la música todos sus tesoros interiores. La música nos lo trae
ahora, como un hondo legado de belleza.
Estas Escenas infantiles que vais a escuchar dentro de un momento, son quizá la
obra más pura de Schumann. “Escenas infantiles”. Su nombre es ya un enunciado
cristalino. Resulta casi increíble saber que fueron compuestas en momentos de
intensa depresión sentimental, cuando Schumann se sentía al borde de la
angustia, y se aferraba a su piano y a las ideas que cantaban en su corazón para
no dejarse arrastrar por un torbellino, uno de esos torbellinos que, en una
sensibilidad hipertrofiada como la suya, lo conducían hacia el espejismo
engañoso del suicidio. Para huir de eso, para rechazar los primeros aletazos de
la locura, Schumann escribe la música, y brotan los Conciertos, el Carnaval,
Manfredo, Las mariposas, y estas infinitamente claras Escenas infantiles que son
un rayo de sol en la atormentada atmósfera de su arte.
Habéis leído los nombres de los trozos –cuya pequeñez tiene la perfección de las
piedras talladas, y que nada ganarían con mayor longitud. Nombre que hablan
claro en el espíritu del oyente: asomo de la intención que guiaba a Schumann al
crearlas. Porque estas Escenas infantiles significan un inclinarse sobre ese
mundo tan particular y tan delicado que es el mundo de los niños. Mundo donde
las proporciones no son la que nosotros aceptamos,; donde el miedo al cuco
representa mucho más que la filosofía de Kant, y donde un juguete es más
codiciable que un alto puesto o una mina de carbón. Mundo al que sólo podemos
entrar llevando el amor por llave; el amor hacia el niño, hacia sus dimensionas
tan suyas. Mundo que Schumann, con esa magia tan propia del músico, nos revela y
nos aclara. Ved esos nombres: “De países y hombres extraños”, que encierra quizá
ese sentido de lo remoto, de lo desconocido, tan penetrante en los niños, y que
explica su gusto por los relatos fantásticos; “Curiosa historia”, “Jugando al
gallo ciego” –juegos, relatos, eso es la esencia infantil, ése es su pequeño
paraíso de breves años, que pierde luego por otros menos dulces-, “niño
implorando”, “Alegría perfecta”, “Un gran acontecimiento”, menciones que
iluminan momentos de toda vida infantil; el deseo de ir al circo, la dicha de un
postre ambicionado, el nacimiento de un hermanito... Todo esto late, todo esto
se agita en las escenas que intento definir; ved estos otros títulos: “Ensueño”,
“Junto al fuego”, “Cabalgando el caballito de palo”... Y, como interrumpiendo la
juguetona serie de esbozos, una evocación recogida: “Casi demasiado serio”...
Ah, pero no es más que el título; los niños están siempre allí, fingiendo una
gravedad que pronto se romperá con regreso a su ingenua condición.
¿Por qué? Pues vedlo: “Viene el cuco”. Asistimos al diálogo delicioso entre la
ternura y el miedo, entre una madre que debe corregir y un niño que, a pesar de
su miedo momentáneo, reincide en la travesura...
El paseo está concluyendo. Cansado de jugar, “El niño se duerme”. Tal es el
nombre del último trozo dedicado a ese universo de juguetes y risas de poesías.
El músico –el poeta- cierra las puertas del mundo de los niños. Lo hace
dulcemente, con palabras que os llegarán al corazón porque han nacido de un
corazón que amó mucho, y sufrió mucho, y tuvo el destino desgraciado de aquellos
que son demasiado grandes para vivir nuestra pequeña vida humana. Pero que no se
van sin dejarnos, a manera de un mensaje lleno de belleza, obras como la que
vais a escuchar, interpretada por un artista que ama a Schumann, lo comprende, y
quisiera que todos lo amarais y comprendierais como él.
Julio Cortázar (1914-1984) *escrito en
el año
1938