Musica y Psicoanalisis:
ese "Otro" al que invocamos*
por Marcelo Zigarán**
“La música traduce el sentimiento en su última esencia y ser absoluto.”
A. Schopenhauer
¿Quiénes no tenemos o conocemos alguna música
que nos hace llorar, poner piel de gallina o poner eufóricos? Desde que yo era
chico y estudiaba música, el problema del sentido de la música me fascinaba.
Podía entender las explicaciones de la tormenta en la Sinfonía "Pastoral" de
Beethoven, las andanzas del Quijote en el poema sinfónico de Richard Strauss,
pero a la vez intuía que mi fascinación por la música iba mucho más allá de las
descripciones, de las alusiones a las cosas de la realidad.
Siempre pensé que el análisis convencional de la
música, ya sea de la forma musical, armonía, contrapunto, etc., nunca satisface
la pregunta de por qué la música puede producir un profundo impacto en quien la
escucha, toca o compone. Porque la música -mientras tocamos- nos hace sentir
algo que casi nos hace preguntar: ¿qué me está pasando? ¿qué es esto que siento
que parece llevarme a otro mundo?
Los músicos estamos acostumbrados al análisis, a
la búsqueda de una racionalidad musical. A ideas tales como las de que entender o captar
una obra musical es “comprender” el conjunto de relaciones sonoras de su unidad
(la estructura, por ejemplo). Se aprehende por inteligibilidad y no por
sensibilidad. Aunque no niego la existencia y utilidad de esta forma de
apreciación musical sostengo que esto no explica el impacto que la música nos
propone. Planteo que es crucial investigar una nueva dimensión del cuerpo, un
acercamiento a la especificidad de lo sensible y de la sensación. O lo digo así:
¿cómo nombrar lo que la música produce en mi cuerpo?
Al principio, la pregunta del sentido musical me
llevaba a la filosofía: de la voluntad de Schopenhauer, a la filosofía de
Nietzsche, Kant, el estructuralismo y demás. Por mencionar un punto,
Schopenhauer hablaba sobre los sonidos graves y agudos, con distintos valores
afectivos y con distintos estados de la subjetividad. Para Nietzsche era la
Voluntad, en tanto que fuerza actuante, lo que él toma de la música. La
música hablaría un “lenguaje de la actividad” de la cual se expresan los
grados de energía, las tensiones y las distensiones...
El salto al psicoanálisis y al inconciente
Freudiano se dio naturalmente. ¿Cuál puede
ser el vínculo entre lo inconciente, lo musical y el placer? Desde Freud sabemos
que los seres humanos tenemos pulsiones, que son necesidades psicológicas,
no-biológicas, que buscan ser satisfechas.
Así, Freud habla de la pulsión oral,
anal y genital.
Fue Jacques Lacan quien más tarde identificó la
voz (el sonido) y la mirada como objetos de una pulsión. Él estableció cuatro
pulsiones diferentes: la oral, la anal, la mirada y la pulsión invocante, que
sería la voz (el sonido). Nuestra psico-sexualidad es un suplemento de la
necesidad biológica de procrear y el resultado de la interrelación de las
pulsiones, que siempre son parciales y nunca satisfacen totalmente. La pulsión
es la estructura de la cual la sexualidad participa de la vida psíquica para
adaptarse a la “falta” o vacío estructural que el inconciente presenta.
Lacan es famoso por su frase de que el
inconciente esta estructurado como un lenguaje. Siendo que la música nos llega
en lo más profundo de nuestro ser y que la música es para mí el lenguaje de mi
vida, me pareció que el estudio del terreno psicoanalítico podría traer una luz
nueva a los músicos y amantes de la música. Lacan también habla de que nuestra
cultura se desarrolla en tres zonas: 1) Lo Simbólico (el lenguaje, que Lacan
llama la ley del padre), 2) Lo Imaginario (nuestras fantasías) y 3) Lo Real, que
es lo que existe y no puede ser nombrado. Para Lacan, la realidad son las cosas
que están establecidas, dependiendo del lenguaje. En la música, toda obra -por
ejemplo, la sonata para cello y piano de Rachmaninov- exhibe los tres niveles
Lacanianos. Lo Imaginario involucra las imágenes y sonidos que Rachmaninov
concibió. Lo Simbólico sería nuestro acuerdo respecto de la afinación, notación
musical, historia de la música, etc. Finalmente, lo Real sería el sentido que la
música nos trae y que no puede ser expresado en palabras.
El punto en que psicoanálisis y la música entran
en contacto está en una etapa temprana de investigación. Didier-Weill, un
psicoanalista francés alumno de Lacan, desarrolló la teoría de la música como
una pulsión invocante que propongo compartir en este artículo. Un discípulo de Weill, Carlos Kuri, quien enfatiza la dimensión corporal, lo cenestésico,
plantea lo pulsional y una revisión del problema de la percepción. Esta segunda
posición espero desarrollarla en una futura nota.
La Música como una Pulsión Invocante
Weill sostiene que esta pulsión tiene diferentes
etapas que no son cronológicas sino lógicas. Desarrollaré aquí las ideas en un
intento de acercar los conceptos psicoanalíticos a la experiencia de hacer
música. Es más o menos así: la música "nos llega". Es como si gracias a la música
recibiéramos una respuesta a una pregunta acerca de nosotros mismos que no
sabíamos que teníamos. La música representa un Otro que escucha algo nuestro que
no entendemos, una falta en nuestro ser que no sabíamos que teníamos. Así, al
principio es la música la que “nos escucha”.
La música tiene un efecto liberador; ésta impone en el oyente un “Sí”
incuestionable como respuesta. Este “Sí” representa la pulsión invocante.
En la música encontramos un “Otro” que no es
extraño ni amenazante sino todo lo contrario. La simplicidad de este “Sí” que le
damos a la música como respuesta está más allá de nuestra comprensión. Como dice
Jankelevitch en su libro “La musique et l’ineffable“: “en la música hay
una desproporción irónica y escandalosa entre el poder seductor de la música y
la profunda falta de evidencia de la belleza musical.” Digámoslo de otra manera:
la música nos conmueve en lo más profundo de nuestro ser, y sin embargo no hay
ciencia que pueda explicar este "hechizo" que la música plantea, el misterio del
poder de la música. Una frase musical "dice" muchas cosas pero nunca de manera
unívoca; su sentido no es unívoco. La música no expresa palabra por palabra,
sino sugiere a "grandes rasgos". La música no admite la comunicación discursiva
y recíproca del sentido, sino una comunión inmediata e inefable.
Didier-Weill describe este proceso en tres etapas: en la primera, es la música
la que encuentra un sujeto receptivo. El “oyente-escuchado” por la música
descubre un vacío que no sabía que tenía.
Se produce un trasmutación subjetiva por la cual
quien escucha música es escuchado. Si la música tiene una relación con la
pulsión invocante (que según Lacan es la experiencia más cercana de lo
inconciente) es debido al “Sí” que le damos a la música, a una parte de nuestro
ser inconciente que se manifiesta. Para decirlo de otra manera, como la música
es algo exterior a nosotros, tenemos que revisar y por ende abandonar una
concepción Freudiana de discontinuidad o separación entre nuestro interior y el
mundo exterior. ¿Por qué?, ¿dónde está la música? ¿está en la cuerda o teclado
que vibra, o en el track del CD? ¿estará sólo en mi imaginación? ¿tal vez en la
batuta y gestos del director de orquesta? En su lugar, descubrimos, como en la
concepción de Moebius, una continuidad entre el interior de nuestro ser y el
mundo exterior. Cuando tocamos música experimentamos un “Otro” que no es un
extraño: en cada frase de la Sonata de Rachmaninov que toco, la música es tanto
una expresión de Rachmaninov como mía.
La segunda etapa sucede cuando las notas que
antes estuvieron dirigidas desde el “Otro” (la música) al sujeto, ahora se
invierte y va del sujeto al “Otro”. Esto sucede cuando entendemos la estructura
de la música, cuando sentimos el ritmo y casi podemos predecir los giros
melódicos o anticipar una armonía. Es como si -por un momento- creyéramos que
somos los compositores de esa música, y la entendemos tanto como si nos
perteneciera. La melodía que toco o canto, o la creé yo, o la conocía de
antemano. No es necesario el lenguaje para mediatizar esta experiencia. La
respuesta emocional es inmediata. La euforia, tristeza o melancolía de la Sonata
de Rachmaninov es también “mi” euforia, tristeza o melancolía. Creo que esta
“alucinación” está relacionada con el amor. Es más, para los músicos, la
práctica cotidiana, los intentos por mejorar la expresión o técnica de un pasaje
musical son el resultado de un “Sí” que tiene que ver con el amor. Lo digo de
esta manera: el amor entendido como la música que nos escucha y nos revela un
vacío que teníamos, que luego nos transforma en amantes de la música. Para
quienes les interese este tema y deseen profundizarlo quisiera decirles que este
punto es de crucial importancia, puesto que tanto el músico como el místico, en
lugar de amar al “Otro”, responden al amor del “Otro”. En mi libro Powers of Music
(2007) planteo la cuestión de que la música, en lugar de ser una sublimación de
una pulsión sexual, es una expresión de la experiencia de lo sublime.
En la tercera etapa de la pulsión, el oyente
entiende que no hay manera de escapar al vacío de nuestro ser. Podemos
relacionarnos con la falta o vacío tanto en el “Otro” como en nosotros. Una
música no puede ser todas las músicas y mi ser no puede escapar al deseo, a
admitir la falta o vacío de nuestro ser.
Como Weill y otros, creo que Freud se confundió
cuando se refirió a la experiencia musical como “el sentimiento oceánico”,
considerándola una regresión a la madre o volver a una fusión arcaica con el
“Otro”. La música puede ser considerada una pulsión porque presenta una tensión,
un movimiento hacia adelante.
No hay en realidad una fusión con el “Otro”. La melodía no es mía, ni tampoco
soy Rachmaninov después de todo. Sin embargo, esto no es paralizante sino todo
lo contrario: nos mueve a tocar, a componer, a escuchar otras músicas.
* La presente nota es una recreación de otra originalmente
publicada en la revista "Paginas Musicales" Nº59 Marzo/Abril 2009 (Director:
Claudio Mamud). Asimismo, el autor ha desarrollado el mismo tema en su libro "Powers of Music".
* Marcelo Zigarán egresó del Conservatorio
Nacional de Música (Argentina), y estudió privadamente cello con C. Baraviera. Perfeccionó
sus estudios de Violonchelo (Master y Doctorado) en Estados Unidos con V.
Saradjian quien fue alumno de Rostropovich. Es miembro del dúo “La Note Bleue” y
profesor de violonchelo y música de cámara en Houston, Estados Unidos. Tocó y
toca como solista y músico de cámara en Estados Unidos, Europa y Sudamérica.
Escribe y brinda conferencias acerca de la música y el sentido musical. Para
cualquier pregunta o comentario por favor escriban a
Marcelloz@sbcglobal.net o visiten
www.duolanotebleue.com
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