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Herbert Von Karajan,
Director de Orquesta
Página 1

Extraído del libro “Maestro – Los grandes directores de orquesta”, de Helena Matheopoulos (Robinbook Ediciones, Barcelona 2007)

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1) El Hombre

Todavía no he conocido a ningún ser humano de este planeta tan incomprendido y cuya figura se haya tergiversado en vida suya tanto como la de Herbert von Karajan. Nadie discutió la calidad de su obra, que siempre osciló entre la excelencia y lo excepcional. Aún así, a muchos les molestaba y envidiaban el hecho de que, en su caso, la extraordinaria calidad fuera acompañada de abrumadores éxitos de ventas, de un inmenso poder y una independencia artística global, dos cosas -estas últimas- únicas en la historia de la dirección orquestal.

Al mismo tiempo, su gran carisma personal, su estilo y su pasión por las novedades tecnológicas de su momento, por las máquinas y los aparatos, cautivaban y excitaban la imaginación no sólo de los melómanos, sino del público en general. Karajan era una superestrella para unos y otros. Lo trataban con todos los honores allá donde iba, vendía más discos que ningún otro director, era objeto permanente de reportajes en las revistas, siempre fotografiado a los mandos de su avión privado, al volante de sus coches deportivos, al timón de su yate de competición (sus juguetes, ni más, ni menos).

Pero todo tenía un precio. Durante toda su dilatada carrera lo persiguió una plétora de tópicos estúpidos, rumores y medias verdades que tenían poco que ver con la realidad, su realidad como artista y como hombre. Al principio se sintió muy molesto por todo ello, y en una ocasión “casi llegué a caer en estado de shock”, confesó en una entrevista a la televisión austriaca. Pero aprendió a ignorarlo, principalmente replegándose más sobre sí mismo.

El único director aparte de Karajan que ha dejado una impronta tan profunda y trascendental en la interpretación de la música fue Toscanini, que casualmente fue el ídolo musical de Karajan. Pero su contribución ha consistido en cambiar el modo en que el público se acerca a la obra musical, insistiendo en la absoluta fidelidad a las intenciones del compositor y eliminando todas las malas costumbres acumuladas durante años disfrazadas de “tradición”. Además, Karajan influyó directamente sobre el arte de la dirección orquestal en sí mismo. No explicaré aquí el carácter de ésta influencia, porque él mismo se encarga de hacerlo en el apartado 2 de este capítulo.

Una característica fundamental de Karajan, tanto en el terreno personal como artístico, era su feroz independencia y su incapacidad para comprometer o plegar su voluntad a la de otras personas.

De hecho, el motivo primordial y el objetivo del llamado “imperio Karajan”, integrado por la Filarmónica de Berlín, el Festival de Pascua de Salzburgo, los Festivales de Pentecostés y de verano de Salzburgo, películas, cintas de vídeo, la Fundación Karajan y sus grabaciones, elementos todos sobre los que ejercía un control absoluto, no eran el poder o la avaricia, sino el deseo y la necesidad total de una independencia de las personas y las instituciones, una independencia que se ganó a pulso después de haber sufrido durante mucho tiempo a manos de unas y otras, y tras un comienzo con muchas menos ventajas que la mayoría de los jóvenes directores de hoy.

Como persona me pareció agradabilísimo desde el primer momento, radicalmente distinto, infinitamente más complejo de lo que sugería su imagen pública; un temperamento lleno de contradicciones que, pese a sus prodigiosas dotes de gestión y su visión para los negocios, siguió siendo un artista hasta la médula. Un hombre que, como el Werther de Goethe, fue muy valorado por su talento y su comprensión, pero que tenía en su corazón -algo que nunca se resaltó- la verdadera fuente de su grandeza. En vez de un hombre gélido, distante, acerado y típicamente germánico, por citar alguno de los adjetivos con que se los describió durante años, encontré a un hombre cálido, muy espontáneo, bastante tímido y solitario que contaba con pocos amigos, a los que dispensaba una lealtad excepcional; alguien que apenas acudía a acontecimientos oficiales relacionados con su trabajo -muchas para el tópico del “maestro del jet set”- y que prefería discutir con una o dos personas, siempre con una conversación fascinante; una persona despistada, un caso perdido para las fechas y los números -sus amigos dudaban de que pudiera recordar siquiera su propio número de teléfono- y siempre algo impuntual; un hombre con gran sentido del humor al que le encantaba reír, muy receptivo y dispuesto a trabajar con personas capaces de crear un ambiente relajado y amistoso que le aliviara de la tensión de la concentración del podio.

Como cabría esperar de alguien con orígenes griegos, austríacos y eslovenos, Karajan era inteligente, ingenioso, polifacético y tremendamente individualista. En una ocasión bromeó diciendo que “los Balcanes empiezan en Salzburgo, y yo nací en Salzburgo”, bromas aparte, su ascendencia probablemente tuviera que ver con la originalidad y la tenacidad audaz y rebelde con las que se empeñó en conseguir sus propósitos, doblegando el sistema a su voluntad en lugar de que sus objetivos se plegaran al sistema. De hecho, el rasgo remotamente “germánico” de Karajan fue la extraordinaria disciplina y regularidad que gobernaba su rutina diaria.

Solía levantarse a la seis, realizaba ejercicios de yoga alrededor de una hora, nadaba -tenía piscina en sus casas de Saint Moritz, Saint Tropez y Salzburgo, así como en los hoteles donde se alojaba- y desayunaba copiosamente. A continuación trabajaba en los ensayos, sesiones de grabación -a mitad de las cuales solía protestar porque le entraba hambre- o en sus obras hasta la hora del almuerzo, tras el cual dormía la siesta y trabajaba de nuevo hasta la noche. Al final del día le gustaba pasear, preferiblemente por el campo, porque ni vivía en la ciudad ni le agradaba. Comía y bebía con moderación, en general alimentos cocinados con sencillez y un poco de vino, y de vez en cuando fumaba algún cigarrillo.

No obstante, le costó mucho conseguir esa disciplina que se impuso como su independencia artística, que buscó más que nada como un antídoto realmente necesario contra su naturaleza extremadamente inquieta, muy tensa y polifacética, carente de disciplina mental en su juventud.

Su proverbial autocontrol y su envidiable capacidad de concentración fueron el resultado de la larga batalla que libró contra sí mismo. El descubrimiento del yoga siendo Kapellmeister en Aquisgrán le ayudó en gran medida, así como el budismo Zen, que profesó durante casi cuarenta años, y que influyó profundamente no sólo en sus planteamientos sobre la dirección orquestal y las orquestas, sino también en sus objetivos fundamentales como intérprete musical: la fusión, a través de la pérdida del ser, del compositor, del director y de la orquesta en un Uno, y en la ferviente creencia del poder sanador de la música.

Ni que decir tiene que nadie podría haber alcanzado esas cimas, ya sea el éxito mundano o la realización artística y el autocontrol interior, sin tener una férrea, indomable fuerza de voluntad. La voluntad de Karajan, pareja a su ferviente, obsesivo y conmovedor entusiasmo por todo lo que hacía o quería era inquebrantable y difícil de resistir; tan difícil como inútil. En primer lugar, porque era imposible interponerse entre sus deseos -si no los conseguía del derecho, lo conseguía del revés-, y en segundo lugar porque lo quería todo con tanta intensidad, y lo razonaba con unos argumentos tan convincentes, y su encanto- cuando quería desplegarlo- era tan mágico que, antes que decepcionar a una persona tan singular, uno prefería darle la razón la mayoría de las veces. Después de conocer a Karajan y de haberlo visto trabajar, comprendí algo que José Carreras había afirmado meses antes, y que en aquel momento me pareció una debilidad. Cuando le preguntaron por qué había aceptado el papel de Radamés, un personaje que solían interpretar voces mucho mayores que la suya, Carreras respondió: “Porque Karajan me lo pidió, y tiene tal poder de persuasión que si mañana me pidiera que interpretara a Micaela, ¡probablemente lo haría!” Sin embargo, a pesar de su férrea voluntad y su determinación, Karajan también podía ser indeciso y aplazar las cosas hasta el último momento, pero sólo con respecto a los asuntos que no deseaba desesperada e inmediatamente, que postergaba indefinidamente.

 

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