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Carlos Visnivetski (1944-2010)
"Memorias de un Músico"
Autobiografía escrita en el año 2006
(pág. 3)

EL OBOE

No elegí el oboe porque fuera el más sublime de los instrumentos ni porque fuera el que más me gustara. Schultis me había dicho que, para llegar a ser director,  sería conveniente dominar el piano y, al menos un instrumento de cuerda y/o uno de viento. Que para conocer mejor la orquesta y para poder mantenerme mientras estudiara, sería también interesante estudiar un instrumento de viento que fuera muy requerido y así poder ingresar  en una orquesta y ganarme unos mangos. ¿Cuáles eran los instrumentos de viento más requeridos en aquella época? El fagot, el corno, el oboe, igual que ahora. Claro está que eran muy caros y muy difícil conseguirlos...

Resultó que había un oboe usado en un boliche y... así fue como me decidí por el oboe.

El boliche se denominaba "Establecimiento Musical GALÉ S.R.L.", de Cangallo 1952 y el instrumento costaba $ 48.100.- (Todavía conservo la factura, fechada el 13 de junio de 1963). Era un Orsi, automático, que mi papá pagó en cuotas. El detalle de la marca y el modelo es interesante, pues después descubrí que la mayoría de los oboístas en Buenos Aires no gustaban de los instrumentos automáticos y mucho menos de los italianos, especialmente la marca Orsi, considerada como una fábrica de fliscornos, bombardinos y esos instrumentos "de banda". Pero, extrañamente, "mi" Orsi, automático, italiano y usado, funcionaba muy bien.

La razón por la cual estudié con Ehrenhaus también fue casual. En ese momento estaban los supergenios del oboe (Pedro Di Gregorio, Pedro Cochiararo, Alfredo Perona) y los otros oboístas que también tocaban en las orquestas (Germán Ehrenhaus, Roberto Di Filippo, Edmundo Piccioni). Yo apunté al que me parecía el capo de los capos: Di Gregorio. Lo llamé por teléfono y me citó en una confitería, en el horario en que salían de un ensayo de la Sinfónica Nacional. En ese momento la Nacional ensayaba en lo que eran los estudios de LR4 Radio Splendid, en Uruguay 1237, y la confitería estaba justo en la esquina con Santa Fe. Estaban Di Gregorio, Frogioni (que era el solista de clarinete) y dos o tres más que no recuerdo (probablemente serían los integrantes del quinteto de vientos). Les expliqué mi situación: 18 años, la idea de abandonar Medicina, etc., y que me acababa de comprar un oboe Orsi automático que fue lo único que conseguí. Mientras me invitaban con un café, Di Gregorio me dio su veredicto: 1) mis labios eran demasiado gordos como para tocar el oboe; 2) él no podía aventurarse a enseñarle oboe a alguien que tuviera un  oboe  italiano; 3) 18 años ya era muy tarde para comenzar. Pero además se suscitó una charla encabezada por  Di Gregorio y de la que participaron sus otros compañeros, acerca de mi decisión de dejar Medicina para seguir Música. El núcleo de  la argumentación era: “podés ser el peor de los médicos pero tendrás la chapa en la puerta y todos te llamarán "doctor"; podés ser el mejor de los oboístas y nadie te conocerá, ni siquiera en tu barrio”. Por lo tanto la recomendación final de semejante tribunal fue: olvidarse de la música y seguir con Medicina.

Después de semejante recepción en el mundo de la música, decidí hablar con Perona, a la salida de un concierto en la Facultad de Derecho. En la Orquesta de Radio del Estado tocaban él como primero y Ehrenhaus como segundo. Hacía poco que yo lo había escuchado a Perona tocar con esa misma orquesta el Concierto de Strauss. Lo busqué a la salida y nos fuimos caminando, bajando las escalinatas y la rampa de los autos hasta la parada del colectivo. Le conté toda mi historia. Su repetida respuesta ante mis reclamos era: “no doy clases”. Finalmente y nomás por cercanía decidí hablar con Ehrenhaus.

HERMANN EHRENHAUS   

Me citó en su hermoso y confortable departamento de la calle Beruti, a media cuadra del Botánico. A Ehrenhaus no le importaban mis labios gordos ni mi oboe italiano automático ni mi  exagerada edad, así que comenzamos, a razón de una clase de dos horas cada semana, y así permanecimos durante los siguientes seis años. Muchas veces, durante esos seis años, otros colegas me recomendaron "¿por qué no lo largás a Ehrenhaus y te metés a estudiar con Fulano?” (o Sutano, o Perengano). Yo no lo hacía por respeto a él y porque él me trataba bien. Pero muchas veces me pregunté qué hubiera sucedido de haber estudiado con Cocchiararo, por ejemplo; si yo hubiera tocado mucho mejor o si él me hubiera hecho ganar todos los concursos, o si directamente me hubiera "acomodado" en el Teatro Colón o si me hubiera conseguido una beca en Francia por 10 años... todas cosas que Ehrenhaus nunca hizo...

Pero Ehrenhaus hizo muchas cosas por mí que no sé si otro las habría hecho. Recuerdo que una vez que se me rompió el instrumento, él me vino a buscar hasta mi casa con su "Borgward Isabella" (en la Filarmónica había varios profesores que usaban esa marca de coche) y me llevó primero a un luthier que estaba por Chacarita. Creo que se apellidaba Porcarelli. Como ese no estaba, agarró para el sur y me llevó a otro que quedaba por Adrogué, o Quilmes, algo así, llamado Gradassi.

También me regaló un montón de partituras, y libros y cañas. Me acuerdo que, para mi cumpleaños en 1971, me regaló una cajita con un montón de cañas que él había usado y luego desarmado. Yo las fui armando y volviendo a utilizar y todavía hoy, treinta y cuatro años después, me quedan algunas, que guardo con respeto. Cada vez que me regalaba una partitura, me escribía una dedicatoria, que siempre comenzaba con: "Para Carlos V" (que, según él, debía leerse "para Carlos Quinto"). Yo también contribuía cada fin de año con una caja de habanos, que le gustaba mucho fumar de vez en cuando.

Una vez me regaló una sonata de Brod copiada con tinta por su propia mano en la época en que él estudiaba. En la última página agregó esta dedicatoria:

"Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando yo estudiaba en el Conservatorio, no llegaban al país libros de música editados en Europa, de manera que - no existiendo aún la fotocopia - fue necesario copiar a mano los ejemplares que poseía nuestro inolvidable profesor, el Maestro Edmond Gaspart. Para Carlos V este pequeño recuerdo de SU maestro. Buenos Aires, Febrero de 1982."

Él había conservado esa partitura durante cuarenta años y yo aún la conservo.

Cuando gané el concurso para Bahía Blanca me ofreció y  me vendió su mejor oboe, que en ese momento era casi nuevo, y me dijo: "no se lo vendería a nadie, sólo a Usted" (porque me trataba de Usted). Mucho tiempo después, cuando él ya se había jubilado y yo era un profesional en Bahía Blanca, comenzó a tutearme y me escribía largas cartas. La última vez que estuve con él fue en el Congreso de las Dobles Cañas en el año 2000, en Buenos Aires. Casualmente también me encontré con mi alumna Pamela Abad Quintaié, recién recibida, y él nos invitó a almorzar tallarines en uno de esos lugares con mantel de papel, a la vuelta del Teatro San Martín. Pamela llevaba su cámara de fotos y un mozo nos sacó una foto a los tres ("tres generaciones de oboístas"), él ostentando la servilleta con una de sus puntas metida en el cuello.

Para terminar con el tema de mi gran maestro, no puedo dejar de contar la historia del gato. Hermann  y su esposa Leila, que era una alta y elegante libanesa con unos enormes ojos negros, tenían un finísimo gato siamés al que cuidaban y mimaban con pasión. Dormía en una canasta llena de almohadones y firuletes y puntillas y le daban de comer a un determinado horario y, lógicamente, tenía un lugar para hacer sus necesidades. En un determinado momento y por alguna razón que no recuerdo, me pidieron si yo podía hacerme cargo del gato, puesto que yo era la única persona en el mundo que les inspiraba confianza gatuna. Yo hacía muy poco que me había casado, así que consulté con mi flamante esposa y decidimos que iríamos a buscarlo en cuanto consiguiéramos algún vehículo. Finalmente mi suegro me prestó la "Estanciera" y fui a buscar al gato, con su comida, su canasta y todas sus pertenencias. Durante todo el viaje desde Palermo hasta Castelar (alrededor de una hora) estuvo muy nervioso, saltando, gritando y arañándome y finalmente, cuando llegamos a mi casa y todo el barrio me estaba esperando, apenas abrí la puerta de la camioneta el gato salió corriendo y no lo vimos nunca más... 

Lamentablemente, y por una triste casualidad, me acabo de enterar de que, mientras yo escribía estas líneas, Hermann fallecía en Buenos Aires, el 8 de marzo de 2006.

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