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El Rol de la Musica en
 la formación del ser humano

- "Más vale prevenir que curar"-

por Juan Krakenberger
www.j-krakenberger.org

 

[Este artículo sobre el rol de la musica aparece en Internet porque a los diarios de distribución nacional (en España) no les interesa publicarlo por motivos obvios –los medios de comunicación, pero no necesariamente los impresos- tienen mucha culpa de la situación creada]

Como todos los años, también éste, el tema de la educación asume el papel protagonista de siempre. El alto grado de fracaso escolar es un tema candente, muy preocupante por cierto, y todo el mundo se halla empeñado en sugerir correctivos para una situación tan poco satisfactoria. Con ello asumimos una actitud que viene a ser habitual en todo el mundo, y que se va acentuando en los últimos lustros: constantemente corremos detrás de correctivos para paliar situaciones que eran previsibles pero que, por conveniencias del momento, no se atacaron de frente en su día. Recientemente se dieron los últimos toques a una nueva ley de Educación, la LOE (a este ritmo, España será sin duda campeona en leyes de educación por lustro), en la cual el énfasis se pone una vez más sobre el marco y no sobre el contenido, cuando creo que lo inverso sería más indicado.

Las siguientes líneas pretenden analizar el asunto a fondo, y sugerir medidas –bastante sencillas por cierto y no demasiado costosas– que podrían paliar el problema de raíz, siempre que exista voluntad política para que en el futuro contemos con ciudadanos y no gamberros, cosa que  a veces se llega a dudar, a la vista de los acontecimientos.

Antes de entrar en materia, conviene que recordemos algunos hechos significantes:

1) Recientes estudios antropológicos confirman que en la pre-historia fueron los sonidos que hicieron posible la comunicación entre los seres humanos primitivos. Sin esa “música”, la evolución del ser humano hacia lo que somos hoy en día hubiera sido imposible.

2) Lo sucedido en Venezuela en los últimos 20 años, donde 250.000 (sic) niños pobres aprenden a tocar un instrumento musical, porque los políticos allí han comprendido que formar musicalmente a un ser humano es más barato, ya que esto garantiza que no se convertirán más adelante en gamberros. ¡Sabemos muy bien lo que cuesta a un país controlar a sus gamberros y reparar las consecuencias de sus gamberradas!  

Veamos: los niños de hoy no se parecen ya en nada a los niños de hace solamente 30-40 años. Hace un año, leí en la edición catalana del diario El País un excelente escrito donde el autor se preguntaba, con toda la razón, por qué cuando él iba al colegio, la ortografía correcta no planteaba ningún problema, cuando hoy en día es uno de los mayores escollos con que se enfrenta el profesorado. Si, además,  los métodos de enseñanza han mejorado durante estos últimos lustros, justamente lo contrario debería haber ocurrido.

Repito una vez más: son los niños que han cambiado, o mejor dicho, los hemos cambiado, porque ahora existe la televisión, los video-juegos, y música popular portátil que, escuchada con el volumen al máximo, mete un “pum-pum-pum-pum” interminable en los oídos de los jóvenes. Las mentes juveniles que han sido expuestas a estos factores exteriores, ¿cómo no han de ser diferentes de aquellas  de hace 30-40 años? 
A ello debe agregarse, desde luego, el hecho que en muchos hogares tanto el padre como la madre trabajan, y no tienen ni el tiempo ni energías suficientes para ocuparse de sus niños.

Quiero empezar con mis reflexiones desde la prehistoria. Si el hombre de la cueva, hace miles de años, no hubiera aguzado su oído para escuchar los ruidos de su entorno, se hubiera quedado sin comer: solamente prestando mucha atención a los ruidos de los animales que lo rodeaban, tenía alguna posibilidad de cazar lo necesario para su supervivencia. Y esto lo aprendió desde la tierna infancia. Un ejemplo moderno, descrito recientemente, atestigua con eficacia científica, que en esta materia, nuestros genes no han cambiado. Se ha descubierto que hay una etnia, la que habla chino mandarín, donde un 51% de la población posee oído absoluto, comparado con 1 en 50.000 o hasta 100.000 en los países occidentales.

Para el lego explico, que el oído absoluto es la capacidad de poder reconocer la nota que suena, o cantar correctamente a primera vista, si se ha estudiado música. En rigor, no es importante para el hombre de la calle tener o no tener oído absoluto. Lo que sí es importante es saber porqué estos chinos poseen este don en tan alto grado, en comparación con los demás. La explicación es sencilla: en su idioma, una sílaba – digamos “ma” – entonada en diferentes tesituras (muy bajo, bajo, más alto o muy alto) significa 4 palabras diferentes. O sea, que para hacerse entender, deben “oír” desde temprana edad como se “entona” esta sílaba. Todo el mundo sabe que se aprende a hablar desde los dos años de edad, e inclusive antes.  

Conclusión: el oído juega un rol importante en la formación del niño. El cerebro, a esta edad, es una esponja que absorbe todo, cosa esencial para el futuro desarrollo del individuo, y el ejemplo citado lo ilustra de forma perfecta. De paso diremos aún, que los chinos – precisamente por el aprendizaje precoz de su complicado idioma – le están ganando la partida al resto del mundo, sobre todo en disciplinas difíciles, como, por ej., el aprendizaje del violín. Para confirmar todo lo que antecede, resulta revelador un reciente estudio científico, comparando resultados escolares entre alumnos que hicieron música con testigos que no lo hicieron, de 3-6 años de edad, cuyos resultados se pueden leer (en inglés) en http://new.bbc.co.uk/2/hi/health/5362670.stm

Quisiera citar otro ejemplo, esta vez más bien negativo, para ilustrar la importancia del oído en la formación del ser humano. Me refiero a la música popular norte-americana. Ya hace ahora más de un siglo, que  esta música es estrictamente binaria. No hay valses, y ni hablar de ritmos más complejos – como por ejemplo el 5/4 del zorcico vasco. O sea, que desde que nace, el niño americano solamente oye los ritmos binarios más sencillos – 1,2, 1,2, 1,2, 1,2 o 1,2,3,4, 1,2,3,4, y así sucesivamente. Hace pocos años se hizo un estudio psicológico sobre esto, comparando la sensibilidad rítmica de los norteamericanos con la de pueblos balcánicos. El resultado fue, desde luego, muy negativo para aquellos. Y qué decir de las deliciosas melodías de los años ’40 o ’50 que salieron de Broadway, y que aún hoy son famosas. ¿Hay alguna melodía compuesta en USA, recientemente, que pueda competir? ¿Hay en todo esto alguna coincidencia con la estulticia que hace posible que la política americana sea líder en querer combatir fallos en vez de prevenirlos? 
¿Será nuevamente culpa del oído que los norteamericanos sean el único pueblo que se cree que, fuera de la geometría, el camino más corto entre dos puntos sea una recta, cuando todos sabemos que en la vida real esto no es así?  A todo ello cabe aún agregar que pagan un elevado precio por todo ello: el país que tiene el mayor porcentaje de personas con atrofias auditivas es precisamente EE.UU. ¿Cómo es posible que estén queriendo exportar esto también a los demás pueblos de la tierra?        

Enfrentados al nuevo cariz de nuestros adolescentes, del cual los medios públicos de difusión – dominados precisamente por esos mismos americanos –son en gran parte culpables-, llego a la conclusión que lo único que podemos hacer es tratar de que nuestros “peques” vuelvan a ser como antes, como hace 30-40 años.
Hace dos años, el diario El País (19/1/2005) publicó un fascinante estudio neurológico que afirmaba que a la edad de cinco años es cuando más absorbe el cerebro humano de su entorno, y que desde entonces y hasta los doce años, esta capacidad de absorción entra en gradual declive para desvanecerse por completo.

Debemos sustituir con algo constructivo nuestros hábitos disciplinarios de antaño -como la obediencia debida, la estricta disciplina, y los castigos-: no me quiero acordar cuando, de niño, tuve que estar parado, calladito, en una esquina, con la espalda hacia los demás, durante 15 minutos o media hora, según la gravedad de mi desobediencia.

¿Qué podemos hacer con el “animalito” niño que anda más suelto que nunca? Algo habrá que cambiar para que reciba más impulsos positivos a esa temprana edad, tan crucial para su futura formación. Y que conste, que excluyo los castigos corporales o torturas a las que acabo de aludir, porque en nuestra sociedad actual ya no surtirán los mismos efectos que otrora: ahora necesitamos mucha mano izquierda para motivar a los críos, y -siempre que sea posible- vía incentivos o tareas estimulantes que generen endorfinas al poderlas asumir. El lector suspicaz lo habrá adivinado: es por ahí que entra la buena música, que puede obrar el milagro, porque combina formación del cerebro y disfrute al mismo tiempo.

Por todo ello, el remedio que propongo es muy sencillo: todos los niños, desde los tres  hasta los seis años de edad,  deben entrar en un jardín de infantes, o en “pre-escolar”, y allí el juego rítmico y musical debe tener un rol muy importante, para no decir preponderante, con prácticas diarias.
Pasarlo bien, así, en grupo, también ha de estimular el sentimiento de solidaridad, porque el niño reacio a participar muy pronto se dará cuenta que se pierde algo – viendo a los demás divertirse. El viejo dicho de que “la música amansa las fieras” tiene aún plena vigencia. Cultivando así la percepción auditiva (recordemos al hombre de la cueva) también ayudará luego al eficaz aprendizaje de idiomas extranjeros. Los idiomas extranjeros deben de entrar por el oído: los métodos que se emplean en la mayoría de los centros españoles son demasiado teóricos y estáticos, y los resultados están a la vista. Estamos en la cola de los países europeos en esta materia. Como corolario apuntar que son precisamente los buenos músicos que suelen ser poliglotas, porque tienen los oídos bien entrenados. España es un país con un riquísimo folclore – ¿por qué no utilizar estas músicas en la educación de sus niños?

Habrá que explicar a los padres que con el método arriba expuesto nadie pretende que los críos se conviertan luego en músicos: se utiliza la música para entrenar las mentes juveniles para que luego les sea más fácil dominar las demás materias, y así poder enfrentarse mejor a los retos de una buena educación.

Hace poco leímos la noticia que el celebrado músico, el maestro Daniel Barenboim, está creando en Berlín un jardín de infantes musical, para niños de 3-6 años de edad.
Además de formar melómanos, esto ha de servir en su día para demostrar que los que salgan de este entorno superarán a los demás en el colegio, más adelante. No me cabe la menor duda que Barenboim logrará sus metas.

España, a la cola de los resultados de la encuesta PISA, podría darle vuelta a la tortilla. Dado el carácter lúdico de sus gentes y su reconocido talento, el método apuntado más arriba podría, dentro de un plazo medio, poner a España en cotas más altas y competir con mayor ventaja con los finlandeses, en cuyo país, dicho sea de paso, la educación musical es de primera calidad. ¿Otra coincidencia?

El viejo proverbio “Más vale prevenir que curar” tiene, como siempre, plena vigencia.

Sin material humano receptivo, ninguna escuela, por buena que sea, puede producir resultados satisfactorios. En tiempos en que la ciencia – sobre todo la neurología – nos dice cada vez más cosas sobre cómo funcionamos los seres humanos, no hacer caso a dichas enseñanzas es casi un crimen contra la humanidad: ¿Cuándo lo entenderán así los políticos responsables?

Juan Krakenberger (www.j-krakenberger.org)

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