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Ensayo escrito por Maurice Ravel

"Mis Recuerdos de Muchacho Perezoso"
(título original : "Mes souvenirs d'enfant paresseux")

Nota : este artículo fue publicado por la revista parisina "Paris-Soir" pocos días después de la muerte de Ravel en 1937. El gran músico lo había escrito hacía poco, en uno de los escasos momentos de lucidez que tuvo durante su postrera enfermedad.

 

Para mí no ha habido nunca varias artes, sino sólo una. La música, la pintura, y la literatura difieren solamente en sus medios de expresión. De esta forma, no existen varias clases de artistas, sino varias clases de especialistas en cada arte.

La necesidad de especializarse se hace cada vez mayor, a medida que nuestro campo de conocimientos se ensancha; porque nada, incluso en arte, puede ser adquirido sin un tenaz estudio. En consecuencia, puede ser imposible para nosotros seguir el ejemplo de Leonardo Da Vinci, que se disciplinó en varias técnicas para ser "amateur" en todas las artes, ¡incluso en pintura!

Por lo que a mí se refiere, nací ciertamente para ser músico; mas si no soy escritor se debe exclusivamente a la inhibición del deseo de serlo. Puedo afirmar, por ejemplo, que cuando leo, mi actitud es la de un profesional, lo hago como si fuera un escritor. Lo mismo me ocurre con la pintura. Miro a un cuadro, no con los ojos de un amante de la pintura, sino con los de un pintor. Lo que proviene, tal vez, del hecho de haber sido dotado en varios aspectos, desde niño. No hay que decir hasta qué punto esto creó complicaciones a mis padres. Sobre todo porque mis diferentes aprendizajes artísticos se veían interrumpidos por una extraordinaria pereza. Nunca he trabajado sino para cumplir una "tarea" inmediata.

En la escuela, el único estudio que me divertía a ratos era el de las matemáticas, para gran alegría de mi padre, que era ingeniero. Mi madre, vasca, y como toda la gente de ese país, con temperamento musical, hubiera preferido observarme más celoso de mis estudios de piano. Pero, simplemente, me fastidiaban. No obstante, desde el primer minuto en que me consagré el estudio de la Composición, todo vino a demostrarme que mi verdadero camino iría en aquel sentido. ¡Hasta me entretenía! Lo que no es extraordinario después de todo, ya que mi interés por las matemáticas me llevaba directamente hacia el de la música. Me interesaba de tal manera que, holgazán inveterado como yo había sido hasta entonces, empecé a trabajar de noche tanto como de día, costumbre que, desgraciadamente para mi salud, ha persistido.

Mi profesor, Charles René, me ofrecía ejercicios de Composición cuando yo no contaba más de 16 o 17 años. Pero hasta tres o cuatro años más tarde no me consagré a más serios propósitos que aquellos ejercicios. Hice algunas piezas antes, que permanecieron cuidadosamente ocultas. En el Conservatorio entré al mismo tiempo como estudiante de Composición y pianista. En este aspecto fui miembro de la clase de Camille de Bériot, quien pronto cayó en la cuenta de que mientras yo tenía el temperamento de un artista, demostraba un mínimo celo como ejecutante.

Entretanto me hundí ardientemente en el estudio de la Armonía, el Contrapunto y la Fuga y, no obstante el hecho de que hasta entonces había escrito muy poco, empecé a sentir con fuerza el estímulo de componer.

Fue por ese tiempo cuando comencé a hacer descubrimientos en las obras de mis autores favoritos, presintiendo, a la vez, que yo tenía algo que decir en otra dirección. Las influencias que experimenté en aquel tiempo me confirman en mi creencia de que no hay varias clases de arte. Caí bajo la verba de un músico: Chabrier. Aunque todavía no se le reconoce el rango que merece, en la música moderna francesa todos derivan de él en cierto modo. Tuvo, en música, un papel igual al de las pinturas de Manet. El descubrimiento de Debussy fue poco menos que una revelación para mí. Y si yo he estado influido por Debussy, lo fui deliberadamente y sentí siempre que habría de escapar a esta influencia cualquiera que fuese el camino elegido. En ningún caso acepté por completo los principios de Debussy. Creo que esto será obvio para cualquiera. De hecho, el que se refiere a la técnica musical, mi maestro ha sido ciertamente Edgar Allan Poe. Para mí, el más agudo tratado de Composición, aquel que más me ha influido, es el ensayo de Poe sobre la génesis de un poema. Mallarmé, por el contrario, afirma que ese ensayo fue escrito como un poema. Firmemente creo que Poe escribió su poema El Cuervo exactamente como dice que lo hizo.

Mi pasión por descubrir cosas nuevas -en la literatura, la música y la pintura-, no fue tan sólo un fenómeno de mi juventud. La he mantenido siempre, sobre todo en lo que se refiere a mí mismo. Es esta pasión de descubrir la que siempre me ha impulsado a tratar de renovar mi propio arte. Nunca he dado por terminada una obra hasta que he estado absolutamente convencido de que no queda en ella nada que pudiera mejorar. Mi gran inquietud se produce en esos momentos de darle término. Después, ya no vuelvo a interesarme por ella. Nunca he intentado escribir en el estilo de Ravel. Si encontré modos de expresarme a mí mismo, dejo a los demás el cuidado de descubrirlos. Si se quiere acusarme de inconsistencia lanzándome mis primeros trabajos a la cabeza, santo y bueno. Sé que un artista consciente tiene siempre razón. Digo "consciente" en vez de "sincero", porque hay algo de humillante en el último término.

Un verdadero artista no puede ser sincero. Lo imaginario, lo falso, si se quiere, empleado para crear una ilusión es una de las grandes superioridades del hombre sobre los animales y, cuando se consagra a crear una obra de arte, el artista alcanza un grado más de superioridad sobre el resto de los humanos. Quienquiera que sea que permanezca fiel a la llamada espontaneidad, tan sólo balbucea.

En arte, lo que no es significativo, debe rechazarse. Massenet, que estuvo altamente dotado, se malbarata por su excesiva y grande sinceridad. Escribió, literalmente, todo lo que pasaba por su cabeza; con el consiguiente resultado
de malgastar sus energías diciendo las mismas cosas una y otra vez. Lo que pensó que eran hallazgos tan sólo fueron reminiscencias. En realidad, los artistas rara vez ejercen control riguroso de sí mismos. Después de todo, ya que no podemos decir lo que tenemos que decir sin deliberadamente explotarlo, al traducir en arte nuestras propias emociones, ¿no es mejor por lo menos ser conscientes de este hecho y comprender que el gran artes es simplemente una forma suprema de aparentar lo que sentimos? Eso que la gente en ocasiones califica en mis obras de carencia de sentimiento es tan sólo mi escrupuloso cuidado de evitar decir lo superfluo y sin importancia.

En cuanto a los cargos que se hacen en mi contra de escribir "solamente obras maestras" o, lo que es lo mismo, de crear obras que no me permiten decir nada más en ese particular idioma, puedo contestar que, de ser cierto, yo hubiera sido el primero en saberlo. Lo que no me habría permitido otra alternativa que la de dejar de trabajar o matarme. Digo esto, a despecho del ejemplo que nos dio el Señor, quien se tomó un largo descanso después de crear el mundo...¡que era tan defectuoso!

Maurice Ravel (Levallois, Francia - 1937)

Fuente : libro "Maurice Ravel", de Vladimir Yankélévitch, traducción de Vicente Salas Viu, Ed. Losada.

 

 

 

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