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¿Quiénes somos cuando
 hacemos Música?

Marcelo Zigaran
por Marcelo Zigarán*

"La música es el misterio supremo de las ciencias del hombre,
un misterio al que se enfrentan todas las disciplinas
y que tiene la clave para su progreso."
Claude Levi-Strauss

En mi opinión, la educación musical, en líneas generales, especialmente la de los intérpretes o "ejecutantes" tiende a ser conservadora, fundada en un ethos positivista heredado de la Ilustración. Esto se traduce en la creencia del progreso racional, del sujeto individual, en la verdad universal, ideas que parecen estar encarnadas especialmente en la concepción moderna de la ciencia y en la investigación científica. ¿Cuántas generaciones de músicos han sido inspiradas/paralizadas por la idea de perfección, de progreso, de que existe un solo ideal de cómo tocar? Y no es que la búsqueda de una depuración interpretativa o técnica sea algo malo, sólo que me pregunto: ¿Hasta qué punto nuestra labor musical está inmersa en un discurso iluminista que la precede? ¿Qué ideas o discursos delimitan nuestra labor artística? Y a pesar de los ismos e ideologías que traviesan nuestro ser musical, ¿cuál es el poder de la música?

Porque crecer como músico implica una apertura a discursos que nos planteen abiertamente: ¿Quiénes somos cuando hacemos música? Para definir aguas territoriales creo que el pensamiento musical se puede abarcar desde las teorías modernas del sujeto, específicamente el psicoanálisis, y del pensamiento filosófico. Más que citar pensadores y grandes frases, intentaré tomar un punto de partida desde el psicoanálisis para luego desplazar, reconfigurar nuevos horizontes que hablen de la verdad musical, de la verdad del músico, del sujeto musicante.

Durante los últimos cincuenta años, el estructuralismo y el post-estructuralismo revolucionaron los paradigmas prevalecientes relacionados con la comprensión de lo humano presentes desde la Ilustración. Levi-Strauss, Lacan, Derrida, Foucault, Deleuze, Lyotard, Kristeva entre otros, produjeron y producen enormes contribuciones que se tradujeron como una revolución y desafío a ideas tales como el yo o sujeto individual, la verdad universal, la noción de progreso vinculada exclusivamente con la aplicación de la racionalidad.

¿Es el mismo cuerpo cuando escuchamos que cuando tocamos música? El tocar música implica una intensificación sensorial. Muchos testimonios parecen compartir que cuando la técnica instrumental o vocal nos permite una "relajación alerta", la intensidad del hecho pone en juego una manera particular de ser/existir, y desplaza al yo a una nueva zona existencial. Sentimos una unión tal con lo que tocamos, que no involucra al yo cotidiano sino a un sujeto musicante, un sujeto parte de un acontecimiento musical.

¿Qué verdad entonces, del sujeto del inconsciente, de la identidad entendida psicoanalíticamente, puede aportarnos para entender de otra manera la música (como sonido, como sentido, y como verdad de un hacer musical)?
Cuando hablamos de música y de identidad, solemos tener una referencia a la nacionalidad o a aspectos musicales que describirían cierto unidad identificable, una identidad de un grupo social o la tuya, la mía, la de los otros. Creemos en una identidad "germana" o "rusa" interpretando cierto repertorio pero me pregunto hasta qué punto esa noción de identidad pesa en la interpretación. El estilo quizás sí, pero eso es ya una configuración imaginaria de lo que hemos aprendido como una manera aceptada, "auténtica" (como si eso fuera posible) de tocar.

Una definición de la palabra identidad dice: "Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás". Hacia 1923 Freud utilizó el concepto de identidad en relación a las identificaciones proyectivas que realiza el sujeto en el devenir de su existencia, e igualmente insistió en la relevancia de la imagen corporal como identificación para la formación del yo.
Sin embargo, la identidad, vista desde el psicoanálisis lacaniano, tiene poco que ver con la verdad del sujeto, el ser palpitante de nuestra subjetividad. Tal vez les sorprenda esto, pero sólo si confunden la psicología general o ego psicología con el psicoanálisis. Quiero decir que lo que llamamos identidad, es algo consciente para el individuo, el yo de la psicología digamos, pero para el psicoanálisis, que nos presenta el sujeto del inconsciente, el sujeto como tal, no tiene identidad.

Freud y Lacan nos dicen que hemos sufrido una pérdida en nuestro proceso de incorporarnos al mundo del lenguaje y que nuestra vida está marcada por esa falta. Para los pensadores post-estructuralistas el concepto de sujeto se origina en la sujeción al significante y, por ende, al inconsciente. El universo simbólico-significante es esencial para la humanización y determina la aparición del inconsciente estructurado como un lenguaje, aunque la complejidad de lo humano no se limita a eso.

El psicoanálisis establece que algo pasa con el sonido y una pulsión, la pulsión invocante. La pregunta es entonces ¿cómo se origina exactamente esta pulsión? La clínica psicoanalítica reconstruye este momento mítico. Es algo más o menos así: al comienzo de su vida el bebé (que como todo ser humano y a diferencia de los animales depende totalmente del Otro para satisfacer sus necesidades) da un grito. No importa si es literalmente el primer grito o no. Lo que importa es que este grito es una pura expresión del sonido (de la voz) asociado a un estado de displacer o molestia y que este grito es contestada por el Otro (generalmente la madre). La madre o quien sea que responda, atribuye un significado a este grito, lo interpreta como hambre, sed, u otra cosa, y trae al niño algo que le calma la tensión, algo que puede ser considerado como una primera satisfacción. Una traza de esta satisfacción permanecerá en la memoria del niño y se asociará con ciertos elementos: con el contacto físico, con la alimentación, con un estímulo sonoro, etc. El niño adquirirá así una representación de la primera satisfacción. Esas trazas de la memoria también estarán asociadas con la sonoridad de su llanto. Este grito no es a priori una llamada, ni mucho menos una demanda. Es sólo una simple expresión de molestia. Es el Otro quien le atribuye un significado al grito, y lo eleva a la categoría de una demanda. Al hacerlo, la madre también inscribe el grito con la marca de su propio deseo ("¿qué quiere mi bebé?"). Este primer grito es hipotético porque tan pronto se interpreta, su pureza como sonido en sí, se pierde para siempre. La pureza del sonido está de aquí en más atrapada en la red de significación con el Otro.
Luego viene una segunda fase, cuando el bebé llora nuevamente. Con este segundo grito todo es diferente. Ahora el sonido es una llamada de alguien o de algo. No es un sonido "puro" sino una invocación. Esta vez el grito ya no es un sonido sino que adquiere la condición de una demanda, una demanda de la devolución del objeto de la primera satisfacción. Este grito adquiere entonces el status de la lengua y el sentido. Lo que sea que la madre haga para calmar al bebé nunca es idéntico a la primera vez, por lo que el primer objeto de goce está irremediablemente perdido.
El sonido que tomó parte en el primer goce puede ser el sonido de la voz de la madre o del propio bebé. Lo importante es que es un sonido. De aquí en más, la búsqueda de un sonido se entiende como un intento de recuperar una materialidad sonora que ya está perdida. Después de la segunda fase, el grito sólo existe como una demanda. En otras palabras, el sonido se produce para causar un efecto a la madre que reacciona a la demanda y la interpreta. Esta interacción con el Otro es nuestro acceso al lenguaje. El grito tiene ahora un significado pero sin embargo, el sonido, las particularidades de ese sonido, se convierte en un goce perdido. Lacan llama a esto un lugar del vacío, de una nada, como una representación para esa pérdida. Es en este marco, a saber, la relación del niño con el Otro como fue descrito anteriormente, que se establece la relación con el lenguaje.
La teoría lacaniana del estatuto del significante no agota -¿cómo podría?- el hecho musical. Sí veo relevante como músico esta demarcación de un hacer música entendido como un movimiento hacia (una pulsión), disciplina como las ganas de mejorarnos día a día y todo eso una resultante del amor.
Sí, sé que hay gente que hace música por el aplauso o para demostrar la grandeza de su yo. Todos disfrutamos del aplauso. Los logros posiblemente puedan ser un refuerzo yoico. Y está bien que así sea. Pero no creo que eso sea todo: hay un hacer bien con esto de practicar diariamente, con el compromiso con una obra que está en relación con esto de que la música nos hace bien, la alegría del sujeto que accedió a eso que buscaba, la verdad que implica su interpretación. Somos el sujeto musicante, que implica una manera de vivir, con la búsqueda de acceso a eso que llamamos el acontecimiento musical.

Creo que el punto de partida desde Lacan es relevante para un entendimiento de la música en relación a la dimensión estructurante del Otro y de un sentido distinto de nuestra identidad. "La nota azul", de la que hablo en otra nota (aquí), lejos de ser un punto de identidad, es justamente el de identificación de esa nota que esperaba y no sabía. En uno de sus seminarios, Lacan leyendo la definición de Identidad como: "Calidad de lo idéntico. Conjunto de circunstancias que distinguen a una persona de las demás" planteó la paradoja de cómo uno podría a la vez ser idéntico y distinto a los demás. Con la música, creo que en principio se trata de eso, de aceptar la paradoja de que algo que no significa sea profundamente significativo.

El lenguaje -no hay otra cosa- es lo único que tenemos para encarar el problema del hecho musical, pero eso no significa que sea en el lenguaje donde se consigue la especificidad de lo sensible y la sensación. Lo musical es un punto de insuficiencia del lenguaje, algo que deja de responder el régimen del mismo. El impacto que, por ejemplo, nos produce la armonía de Bach o la grandiosidad de Shostakovich obedece a la puesta en suspenso de un estado de lenguaje.

Si establezco algunas duplas como "lenguaje/impacto musical", "inteligibilidad/intraducibilidad", "racionalidad/sensación" no entiendan esto como un intento de dejar de preguntarnos por lo que significa. Es un poco más que esto: es la dificultad de establecer en estas duplas una clara línea divisoria, de que algo se pierde en el tráfico del sentido y que no se organiza en estructuras binarias. Como esta paradoja que me ha dado el tópico de mis presentes investigaciones: cómo conciliar estas dos ideas, la música no es referencial y el referente es el cuerpo.



* Marcelo Zigarán egresó del Conservatorio Nacional de Música (Argentina), y estudió privadamente cello con C. Baraviera. Perfeccionó sus estudios de Violonchelo (Master y Doctorado) en Estados Unidos con V. Saradjian quien fue alumno de Rostropovich. Es miembro del dúo "La Note Bleue" y profesor de violonchelo y música de cámara en Houston, Estados Unidos. Tocó y toca como solista y músico de cámara en Estados Unidos, Europa y Sudamérica. Escribe y brinda conferencias acerca de la música y el sentido musical. Para cualquier pregunta o comentario por favor escriban a Marcelloz@sbcglobal.net o visiten www.duolanotebleue.com

 

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