Fragmento de Muestra del Libro Digital
"¿Por qué no Disfruto en el Escenario?"

de Mauricio Weintraub

Introducción : La situación de concierto

"Entro al escenario, y mientras camino hacia mi lugar siento que mi respiración se agita. Cuando llego y me paro ante el público veo una especie de telón negro frente a mí; escucho los aplausos pero no alcanzo a distinguir a nadie. Coloco mi instrumento y ya siento el sudor en mis manos y el temblor; sé que no tendré dominio sobre mí ni sobre mi instrumento.

Comienzo a tocar y al segundo compás sólo quiero terminar. Rápidamente llega mi primer error y luego otros se suceden. No dejo de tocar, pero en ningún momento puedo conectarme con la música y mucho menos disfrutar el concierto.

A medida que pasa el tiempo consigo controlar un poco mis nervios y mi temblor, desafino más de lo que quisiera, toco notas equivocadas, pero mi objetivo ya no es hacer música sino simplemente no dejar de tocar, no parar y que no se note mi temor.

Finalmente, el concierto termina y el público me aplaude. Sé que lo hacen por compromiso, sé que no merezco los aplausos. No entiendo por qué no puedo tocar como sé que puedo hacerlo, como lo hago en mi casa. Estudio muchísimo, dedico mucho tiempo y energía para progresar y sé que lo hago seriamente. Sin embargo no sé que ocurre... ¿Serviré para la música?"

Esta descripción de la situación de concierto (ficticia pero extraída de tantas experiencias propias y ajenas), expresada de diferentes maneras y con distintos matices, es experimentada por muchos jóvenes músicos de todos los niveles. Para el músico que siente displacer en el momento de tocar, el concierto se presenta siempre como una situación temida, deseada y no deseada a la vez y, fundamentalmente, atemorizante.

Lógicamente, el músico sabe que el concierto es aquello para lo cual él estudia, el objetivo de su estudio diario, y es por ello que una parte suya anhela el concierto; sin embargo a medida que la situación de exposición se transforma en una situación de displacer, el músico comienza ya no a anhelar sino a temer el concierto próximo y el disfrute queda relegado casi a una utopía.

Quienes no han vivido esta experiencia de displacer en el momento de tocar suelen no comprender el temor que puede producir una futura presentación; sin embargo, quienes sí conocemos el miedo ante el concierto inminente sabemos del sufrimiento, las dudas con respecto a nuestra vocación y a nuestras posibilidades en la profesión y la sensación de impotencia que esto nos provoca. Es así como sentimos que nuestro esfuerzo es en vano, que nuestro futuro en la carrera es oscuro. Finalmente dudamos hasta del deseo de ser músicos y por lo tanto de nuestra vocación, ya que "¿cómo puede ser mi vocación algo que me produce tanto displacer?"

Muchas veces nos sentimos solos o rodeados de otros músicos que no tienen este problema (o lo tienen y lo ocultan) o escuchando "sabios consejos" tales como:

"No pienses. Sólo toca",
"No te preocupes por lo que diga el público",
"Si estudias más vas a dejar de sentir miedo"
.

Lamentablemente, por mejor intención que tenga quien dé estos consejos, nunca nos alejan del miedo a la presentación.

Lejos de ser un lugar de disfrute, un concierto se transforma entonces en algo que "espero que pase lo más rápido posible", un mal trago, un lugar en donde "ojalá no se noten todos mis errores", mientras el público se nos aparece como una sola y casi "divina" voz juzgadora, muchas veces cruel y terminante.

¡Qué lejos está esta idea del deseo que experimentábamos cuando decidimos ser músicos; qué atrás y oculta ha quedado aquella sensación de que la música nos transmitía en nuestros comienzos y por la cual decidimos comenzar a estudiar! ¿Cómo y cuándo cambió nuestro objeto de atención? ¿Cuándo nuestra prioridad dejó de ser la música para convertirse en la opinión externa de lo que hacemos?

Dos puntos importantes

Antes de introducirnos en el aspecto interno del músico con respecto a la sensación displacentera ante una presentación, es importante señalar dos puntos fundamentales.

En primer lugar, el músico que experimenta el concierto como un momento de displacer tiene derecho a experimentarlo de esta manera. Es decir, experimentar displacer ante un concierto no es una decisión personal y por lo tanto, tampoco lo será dejar de experimentarlo.

De nada le servirán los consejos instantáneos tales como: "No te preocupes" o "El público no importa".

Tampoco le servirán demasiado las palabras de aliento acerca de su manera de tocar como "Pero si tú tocas bien" o "Vamos... ¿tienes miedo a qué?", dado que el músico que experimenta displacer muchas veces no lo hace por su realidad musical sino por su realidad emocional.

El músico que atraviesa esta sensación displacentera experimenta una situación peligrosa. Esta percepción del peligro produce inmediatamente un alejamiento de la sensación de placer aún cuando este peligro esté o no en la situación real externa al músico. La superación del problema surgirá siempre de la comprensión y del análisis del mismo y de un trabajo musical y emocional en consecuencia. Claro que, para comprender y analizar un problema, primero hay que aceptar que existe, y es bueno entender que todas las frases citadas en los párrafos anteriores (y tantas otras) parten de la idea de que el problema no existe, ya que no está en la realidad. Es decir, no se acepta que la experiencia de esta emoción existe desde el momento en que el músico la experimenta.

Es sumamente importante que este derecho a experimentar displacer sea respetado, ya que en ocasiones su negación surge de los mismos maestros, y en muchos casos de los "grandes maestros". Esto deja al joven músico en un estado de extrema desigualdad e indefensión, ya que su modelo a seguir desconoce y desautoriza la emoción que le impide disfrutar. Esto ha causado daño a muchos músicos jóvenes en período de formación, que con el correr del tiempo se sienten sumamente frustrados y en muchos casos abandonan la práctica musical sin saber exactamente la causa, y en general con un profundo dolor.

En este sentido, es importante señalar que la no aceptación de esta emoción displacentera por parte del maestro es una falla de éste y no del alumno, independientemente de los méritos artísticos que dicho maestro pueda poseer. Habrá que entender en estos casos que la autoridad del maestro pasa estrictamente por lo musical pero no por lo emocional.

En segundo lugar, es fundamental destacar que todo músico puede superar esta sensación de displacer al tocar. Es decir, todo aquel que pueda comprender y analizar este problema y trabajar amorosamente en pos de su superación, conseguirá revertir esta sensación de displacer en el momento de hacer música.

No es cierto que algunas personas hayan nacido para ser músicos y que otras no; por lo que no es cierto que alguien de manera innata "no pueda ser músico".

En este sentido comprendemos, por el hecho de "ser músicos", la experiencia de un profundo placer en el momento de tocar, que surge del trabajo consciente y consecuente del repertorio abordado y del instrumento ejecutado.

Los elementos del problema

La situación de concierto nos presenta en principio dos elementos fundamentales:

a) El Músico 1 (ver abajo)
b) El Público

En líneas generales, cuando un músico siente una sensación de displacer al tocar señala de una u otra manera que esta sensación surge en él cuando toca "en público". En muchos casos escuchamos frases como "en mi casa toco fantástico pero en público no sé qué me pasa", u otras similares.

Si indagamos un poco en lo que origina esta sensación, encontramos que, en líneas generales, el músico teme :

  • lo que el público piense de él
  • que el público se dé cuenta de sus errores
  • que el público se dé cuenta de su temor

u otras situaciones similares.

Es bueno detenernos en este punto y analizar brevemente qué queremos decir cuando hablamos de "el público".

El público está constituido por una multiplicidad de personas, y cada una de ellas tiene sus experiencias, deseos y expectativas absolutamente individuales con respecto al concierto y al músico.

En lo que llamaríamos público, en general hay quien va a un concierto a disfrutar, a distraerse, a acompañar a otra persona, etc., mientras que en lo que llamaríamos público especializado (es decir, crítica y otros músicos) hay quien también va a un concierto a disfrutar, a comparar, a adular, a destruir, a comprobar que todos son peores músicos que él, a comprobar que él es el peor músico de todos, etc.

En definitiva, habrá tantas opiniones como personas haya en la sala. Y muchas de ellas - casi podríamos decir la gran mayoría - opinarán con respecto al concierto y al músico según sus propias expectativas y su propia competencia musical y emocional.

Si profundizamos en la visión que el músico que siente displacer al tocar tiene con respecto al público, encontraremos al menos tres puntos sumamente interesantes:

  • El músico ve al público como una sola y gran persona con una sola opinión.
  • Esta persona generalmente opinará negativamente de la actuación del músico.
  • El músico piensa que esta opinión será negativa antes de haber dado el concierto.

Es decir que en el momento de salir a la sala de conciertos, el músico ya sabe que habrá una sola y gran persona que opinará negativamente acerca de su labor.

Cuando utilizamos el término "opinar" no sólo nos referimos a una "opinión intelectual" sino en muchos casos también a una "opinión emocional". Es decir, el músico muchas veces está convencido de que "el público" (ese único y gran público) tendrá emociones negativas hacia su actuación: Bronca, Lástima, Vergüenza, Indignación, Compasión, etc.

Después de este análisis es fácil darse cuenta de que, ante esta situación, lo más comprensible es que el músico experimente un profundo displacer en el momento de la ejecución.

Sin embargo, es en este momento en donde surge claramente que el músico al cual nos estamos refiriendo no tiene en realidad una relación con "el público", sino consigo mismo. Es decir, el músico no teme lo que el público pueda opinar, decir o sentir acerca de su actuación, sino lo que él mismo opinará, dirá o sentirá acerca de su actuación en el escenario. Como prueba de este punto basta observar que muchas veces el músico continúa con la certeza de que al público no le gustó el concierto, inclusive aunque los comentarios que recibe por parte de ese mismo público sean de elogio hacia su actuación. Cuando esto ocurre, por lo general el músico siente que el público "siente lástima" y que no le dice lo que opina verdaderamente.

Es fundamental detenerse el tiempo que sea necesario en este punto a fin de comprender claramente que, en un primer momento de este análisis, "el público" al que el músico teme antes de salir a escena, simplemente no existe, o mejor dicho, es sólo una construcción arbitraria que el músico hace a imagen y semejanza de sus propios aspectos internos. Este punto es sumamente importante, ya que por primera vez el músico puede quitar al público como motivo del problema y situarse a sí mismo como motivo y, consecuentemente, como solución del mismo. En este momento el músico puede comprender que lo que a él le produce displacer no es tocar en público sino lo que él experimenta cuando toca en público, y por lo tanto la solución ya no estará en "el público" sino en sí mismo.

Indagaremos, entonces qué es lo que ocurre en el interior del músico que siente displacer en el escenario, intentaremos comprenderlo y posteriormente modificarlo.

1 Relacionados directamente con el músico se encuentran también la Obra y el Instrumento, pero por el momento no nos ocuparemos de ellos, ya que los problemas que puedan surgir con respecto a estos elementos están relacionados con un aprendizaje técnico y/o musical y en ambos casos se deberá recurrir a los maestros especializados. Sí nos ocuparemos brevemente de la obra en el capítulo referido al Estudio Diario pero sólo en su relación con el músico. (volver al texto)

 

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