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Herbert Von Karajan,
Director de Orquesta
Página 3

Extraído del libro “Maestro – Los grandes directores de orquesta”,
de Helena Matheopoulos (Robinbook Ediciones, Barcelona 2007)

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El ARTE

¿Soy “yo” quien consigue el objetivo, o es el objetivo el que me consigue a mí? ¿Es espiritual cuando se ve con los ojos del cuerpo y corpóreo cuando se ve con los ojos del espíritu? ¿O ambas cosas, o ninguna? Arco, flecha, objetivo y ego se funden uno en otro hasta hacerse inseparables.
Y hasta desaparece la necesidad de separarlos. Porque en cuanto tomo el arco y disparo, todo se aclara, se vuelve sencillo y absurdamente simple.
EUGEN HERRIGEL, Zen en el arte del tiro con arco.


Conocí a Herbert von Karajan en Berlín en Enero de 1981, y tuve la oportunidad de verlo trabajar durante una semana en la que hubo sesiones de grabación (las sinfonías Primera y Segunda de Bruckner y los planetas, de Holst), ensayos para un concierto en el que iban a interpretarse Noche transfigurada y la Séptima sinfonía de Beethoven, así como el primer ensayo de la Décima de Shostakóvich para otro concierto.

Fue la interpretación de ésta última sinfonía, que siguió a las grabaciones de Bruckner, la que me hizo pensar que después de veinticinco años de trabajo conjunto, Karajan y la Filarmónica de Berlín simplemente comenzaban donde otros terminaban: esta obra difícil y complicada, que no habían interpretado desde la gira que hicieron por Rusia en 1969, aún en vida del compositor, se ensayó sin interrupciones y con sólo una advertencia que Karajan pronunció en un susurro en un pasaje de gran brusquedad rítmica:”Tempo, tempo”. No es de extrañar que hasta él mismo se conmoviera hasta decir “bravo” a los músicos cuando la concluyeron.

Al día siguiente ensayaron Noche Transfigurada, una pieza que a Karajan le agradaba especialmente y que él y la orquesta habían tocado y grabado decenas de veces. Pero le dedicó mucho tiempo, puliendo detalles y refinando una y mil veces el ya transparente sonido de la orquesta; al menos a mí me parecía trasparente, y me atrevería a decir que también a la mayoría de de los que pudieran escucharlo. Pero Karajan se volvió hacia los primeros violines y les pidió que por favor no le dieran ese caldo espeso, y que justo antes de los pizzicatti del violonchelo cerca del final tocaran sin expresividad, hasta que el sonido adquiriera un carácter etéreo y transfigurado. Al final del ensayo la orquesta le aplaudió. Esa misma mañana el público se quedó en silencio y sin aliento cuando concluyó la interpretación, en el mayor cumplido que se le puede dedicar a un músico.

Tras el intermedio tuvo lugar una de las lecturas más abrasadoras y eléctricas de la Séptima de Beethoven que yo había escuchado en toda mi vida, en directo o en disco. El último movimiento en concreto, que interpretó a toda velocidad pero marcando perfectamente cada nota, “porque si no la música rápida pierde brillo”, quedará para siempre grabado en mi memoria.

Aquel mismo día quedamos después de su siesta para mantener nuestra primera entrevista. Había dormido “profundamente, porque la sesión había sido agotadora. La Séptima cansa mucho, es una obra tremenda. Tienes que implicarte de lleno”. Dado que sus declaraciones son de gran interés tanto para los melómanos como para otros directores, y teniendo en cuenta que mantener una larga conversación con Karajan era un raro privilegio, he decidido reproducir en éstas páginas la entrevista al completo, con los mínimos cambios necesarios, a la que seguirá una tercera parte en la que se abordarán asuntos más biográficos y aspectos de su obra y logros en contraposición al arte de la dirección como tal.

Nuestra segunda conversación tuvo lugar dos días más tarde, retomada exactamente en el lugar donde la habíamos dejado, así que no he señalado la interrupción para que no afecte al curso de la entrevista.

Esta es también la razón de que mis preguntas sólo se incluyan cuando plantean un cambio de tema o un giro en la conversación. Karajan captaba las cosas al vuelo, y a menudo sus respuestas anticipaban mi pregunta y las formulaba casi antes de que hubiera terminado de plantearlas. Era rápido y elocuente----igual que su modo de dirigir: una larga línea ininterrumpida, y de vez en cuando iba de un tema a otro sin terminar las frases cuando se daba cuenta de que yo ya había captado la esencia de su respuesta.

En el breve encuentro que mantuvimos para hablar sobre el libro y organizar un nuevo encuentro para cuando yo hubiera llegado a Berlín, Karajan sólo me pidió una cosa: que como estaba escribiendo un libro sobre los orígenes y la interpretación de la música (que nunca llegó a terminar), sobre el arte de la dirección y de la psicología de la orquesta, tratara de hacerle las menos preguntas directas posibles sobre estos temas. Al final fue tan generoso en sus respuestas como en todo lo demás: todo el tiempo y acceso limitado a los ensayos, a las sesiones de grabación, incluida la sala de pruebas, y a todos los ensayos del Festival de Pascua de Salzburgo de 1981.

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