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Herbert Von Karajan,
Director de Orquesta
Página 2

Extraído del libro “Maestro – Los grandes directores de orquesta”,
de Helena Matheopoulos (Robinbook Ediciones, Barcelona 2007)

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Otra cualidad característica de este hombre endemoniadamente inteligente era su curiosidad insaciable. Aprender era tan vital para él como el aire y la música. Solía contar que las razones que lo empujaron a aprender a volar no tuvieron nada que ver con el lujo o la necesidad -los viajes que hizo en los últimos veinte años de su vida podría haberlos hecho en vuelos comerciales-, sino la excitación de controlar y planear algo minuto a minuto y estar preparado ante cualquier contingencia. A veces se pasaba las tardes planificando el vuelo del día siguiente: la altura a la que iba a volar, cómo evitar las corrientes de aire, etc. “Odio que me superen los acontecimientos que no comprendo o para los que no estoy preparado”, declaró en una ocasión al “The Sunday Times”. Pero, como un recordatorio de que no puede confinarse a un gran talento en sus propias palabras, dijo en una ocasión a una revista francesa, si bien en un contexto diferente, “me gusta lo que puede asombrarme... soñemos con todo eso que no podemos prever”.

Su curiosidad lo había llevado muy lejos: a un hospital en China, durante una gira por el país con la Filarmónica de Berlín, para presenciar una operación en que el paciente iba a ser anestesiado mediante presión y masaje de determinados puntos de sus pies; a fábricas de material electrónico en busca de lo último en cámaras ; a conectarse electrodos mientras dirigía Sigfrido (la ópera de Wagner) para medir los cambios de su pulso y presión sanguínea en varios momentos de la representación, además de innumerables aventuras a lo largo de lo años. No es de extrañar que no le atrajeran los libros de ficción, “porque son para gente sin imaginación; yo he vivido la ficción con mucha más intensidad”, y que sin embargo devorara los libros sobre desarrollo científico, artístico y filosófico del cerebro humano (además de los cientos de manuales técnicos que lo mantenían informado de los avances en los campos que le interesaban.)

¿Tenía un gran ego? Sí. No era falsamente modesto, y era plenamente consciente de sus logros. Pero era un ego que sometía consciente y voluntariamente a la ocupación de su vida: la música. “Nací para que nadie me mandara, pero también puedo ser obediente.” La vanidad y el narcisismo de que solía acusársele se limitaban a su estilo personal, atildado pero informal, de vestir, muy adecuado a su aspecto esbelto y a su innata elegancia, gracias a la cual fue proclamado en una ocasión el hombre mejor vestido de Viena (el “estilo Karajan” se definía por los suéteres de cuello vuelto anudados a los hombros, calcetines de colores y los relojes mirando hacia dentro). Por lo demás, despreciaba el halago, y sólo cuando veía o sentía que algunas de sus interpretaciones había sido verdaderamente conmovedora, su rostro mostraba un pasajero gesto de placer. En la intimidad no hacía en absoluto ostentación de su importancia pública, y solía sentirse inquieto y sorprendido cuando lo reconocían en lugares públicos.

A diferencia de todos los directores que he conocido, nunca aguardó entre bambalinas a recibir las felicitaciones y los apretones de manos tras un concierto, fueran sinceros o no. Antes de que se apagaran los aplausos su chófer lo esperaba abrigo en mano, y cuando el público empezaba a abandonar el teatro el ya estaba en camino del hotel. Muy chic. En realidad, todo en él era chic. Tanto en la vida como en la música, era incapaz de algo vulgar.

Esa fue una de las razones por las que apenas se le escuchó quejarse sobre sus dos graves enfermedades -relacionadas con dos discos desplazados que se alojaron en la médula espinal y en las terminaciones nerviosas- o sobre el casi constante dolor que sufrió los últimos veinte años de su vida. Durante mucho tiempo tuvieron que ponerle inyecciones analgésicas incluso en los intermedios de los conciertos. La primera operación a la que se sometió y que duró ocho horas lo salvó por poco de una parálisis total y lo tuvo siete semanas internado en el hospital, durante las que hizo balance de su vida. Y la experiencia no sólo le sirvió para volver a sumergirse de lleno en sus actividades tras unos pocos meses, a pesar del persistente dolor y la incomodidad, sino que lo transformó en un “hombre nuevo” capaz de saborear los más sencillos placeres de la vida más feliz y conscientemente.

En 1978 cayó desplomado del podio de la Filarmónica de Berlín, se aplastó varios nervios y tuvo que aprender de nuevo a caminar erguido. Ya no pudo volver a esquiar, a tocar el piano en buenas condiciones ni hacer muchas cosas- como submanirismo y alpinismo- que le gustaba hacer y hacía tan bien que habría podido ganarse la vida enseñando cualquiera de ellas. Si embargo, a parte de un comentario de pasada que hizo en “Der Spiegel” sobre lo bien que entendía entonces el Libro de Job, nunca se le oyó queja alguna. Siguió haciendo música sin que, sorprendentemente, le afectaran todas esas noches en vela por causa del dolor. Su orgullo y su dedicación no habrían permitido que las cosas fueran de otro modo. Y no es de extrañar que estas experiencias confirieran mayor profundidad, mayor comprensión y una nueva intensidad----- podríamos decir que casi una sed de música-----a su trabajo.

Es inevitable que un hombre con tanto éxito y poder y al mismo tiempo tan directo y generoso como Karajan sufriera frecuentes decepciones, desilusiones y hasta traiciones. Y al igual que otras muchas personas adelantadas a su tiempo, fue criticado primero e imitado después. Ante todo esto, y ante los malintencionados o simplemente estúpidos ataques personales de la prensa y otros sectores, el permaneció en silencio y siguió trabajando. Creía firmemente que la única arma contra la malicia y la animadversión era el trabajo bien hecho. Pero tal vez sea ésta la razón por la que, aunque no había huella de esnobismo en él, no era amigo del contacto fácil (sólo unos pocos amigos muy cercanos llegaron a tutearlo); por la que no se molestaba en disipar o en acabar con esa imagen frío, controlador, eficiente e impenetrable que se tenia de él; y también por la que se replegó tanto en sí mismo y en la música, de la que pensaba con razón que lo protegía y revitalizaba.

El periodista francés Jacques Chancel le preguntó si sufría por no poder hacer todo lo que le gustaba, a lo que Karajan contestó que “admitirlo equivaldría a reconocer que duele, y que hay que defenderse de cualquier forma de queja. Debemos guardar celosamente nuestros jardines secretos y dar la impresión de que somos inalcanzables. Espero dar más de lo que se me ha pedido, y si algo me hiriera, cogería mi barca, la acompasaría al ritmo del mar y celebraría la llegada del primer rito: el silencio”.

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