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Ethel Smyth, compositora
(1858-1944)

La "Gran Dama" del Imperio Británico

por Natalia Cháneton
Equipo MusicaClasicayMusicos.com
Profesora de Piano y Clavecinista

a Vera Mc Anna

 

Introducción

Reclinadas y -de a ratos- silentes, sobre un mullido sofá del siglo XX, y con una estética tan lánguida como ambigua y unisexual de estampas Art Noveau ; tal vez hayan compartido una tertulia literaria, o un buen vaso de alcohol áspero, o algunos masculinizantes cigarros y discusiones (¿alguna mirada cómplice?), un grupo de damas inquietantes, en la discreta calle Tavistock del blanquecino y austero barrio de Bloomsbury.

Gestándose los movimientos más incendiarios y profundamente revolucionarios de la liberación femenina, tal vez ellas -antes acalladas-, escritoras, músicas, políticas, artistas, todas juntas, habrán compartido un encuentro, o varios, en el hogar de Virginia o Ethel.

Si bien una muy joven Virginia hubo de rechazar violentamente sus cartas tediosas y obsesivas, lo cierto es que la anciana Smyth, tan irritante de temperamento como Woolf, apenas si atinó a moderar alguna vez -y un poco- su comportamiento salvaje.

Tal vez, en ese mismo encuentro, le haya rogado alguna dama que detuviera su invasión de misivas, o que le entregara su prometida "Descripción de la vanidad", un pequeño ensayo corto perdido en la historia.

Juntas, todas ellas, las figuritas pálidas del Círculo Bloomsbury, habrán recordado los incidentes de la prisión de Holloway, las manifestaciones encendidas, o el cántico de voces blancas de su himno.

Más allá de los géneros y de los infinitos anecdotarios -autobiográficos o no-, Ethel sabría cómo entregarse pasionalmente siempre a espíritus, músicas, ideales, sin mostrar por ello el más mínimo rasgo de debilidad o sumisión...

Entregada por completo a su pasión por la figura femenina, a su emancipación intelectual y artística (tuvo oportunidad, en su juventud más activa, de dejar sentados sus sueños al componer el himno sufragista "Marcha de Las Mujeres"), Ethel dejó el terreno limpio para las compositoras subsiguientes.

Aún en prisión, jamás dejó torcer su tesonero ánimo o su voluntad; dirigiendo su propia música desde su celda con... un cepillo de dientes.

Su ánimo, su voluntad, el fruto de su trabajo, su música, sus libros, dispuestos enteramente a abrir un espacio para la expresión de la mujer, -el universo musical femenino- hasta entonces en silencio en la Música del recién iniciado y gris siglo XX.

Biografía

La "Gran Dama del Imperio Británico", Ethel Smyth, nació el 23 de abril de 1858 en Inglaterra, en el seno de una familia militar de medio rango, dotada desde su más temprana infancia de una polifacética, curiosa y tenaz personalidad.

Compositora, directora, también prolífica escritora, Smyth supo desde muy joven imponerse ante la voluntad familiar, cuando en alguna oportunidad (y en curso contrario a sus hermanas, dispuestas todas a casarse) se rehusó a comer y a participar de actividades sociales hasta que le permitieran proseguir con sus estudios musicales formales.

“Si (…) Ethel Smyth, la primera gran compositora inglesa, había logrado que su familia la dejase por fin estudiar música en Leipzig, había sido a costa de enrarecer el ambiente doméstico hasta hacerlo insoportable, negándose a salir o hablar con alguien, viviendo casi encerrada en su habitación (su hermano recordaba haber escuchado complacido, desde el rellano trasero, cómo pateaba su padre la puerta del cuarto de Ethel)…” 1

Desde la soledad autoimpuesta y terca, terrena y venusina de los taurinos, Ethel fue forjándose una personalidad arrolladora, harto convencida de lograr sus objetivos al costo que fuera.

"Cada día me convenzo más y más de la verdad de mi viejo axioma: que no haya mujeres compositoras se debe a que ellas deciden casarse y, luego, apropiadamente, hacer de sus esposos e hijos su primera consideración", escribe irónicamente Smyth a su madre, años más tarde, en 1877.

Sus primeros recuerdos como creadora se ubican en sus 12 años, cuando escribía dúos y acompañamientos que interpretaba junto a una de sus hermanas.

Como su madre (pianista francesa), había heredado el admirable don de transportar y tocar de oído, y, finalmente y a pesar de los deseos de su padre, a los 19 años comenzó a estudiar en el Conservatorio de Leipzig, Alemania, en donde trabó amistad y se nutrió de influencias de músicos tales como Johannes Brahms, Clara Schumann, Edvard Grieg, Piotr Tchaikovsky, la hija de Mendelssohn Lili Wach y Gustav Mahler (que años más tarde consideró producir su ópera "The Wreckers" en la Ópera Estatal de Viena), entre otros.

Culminados estos estudios medios, prosiguió con sus (ya antes iniciados) estudios privados de armonía, composición y repertorio, tal vez, un tanto decepcionada y disconforme con la tradición rígida del Conservatorio.

En 1891 escribe su ópera prima, la Misa en Re (dedicada a Pauline Trevelyan, una de sus primeras amistades intensas y censuradas por la época), que es considerada hoy como una de sus obras más importantes.
La pieza, de más de una hora de duración, y escrita para orquesta completa, coro y cuatro solistas, revivió, en la inspiración de Ethel, sus más profundas convicciones anglicanas. De hecho, si bien la obra respeta el texto habitual de la misa latina, según instrucciones de la compositora, culmina, emotiva, con el "Gloria".

Su estreno se llevó a cabo en 1893, en el Royal Albert Hall bajo la dirección de Sir Joseph Barnaby, y recibió controversiales críticas y numerosos halagos.

Entre otros, Bernard Shaw quedó impactado por la aparente alta religiosidad de la obra, contrastante con un " oculto sentimiento profano " subyacente en la intensidad de la composición.

"Estás total y diametralmente equivocada al imaginar que has sufrido de algún tipo de prejuicio en contra de la música femenina. Al contrario (...) fue tu música la que me curó para siempre de la vieja ilusión de que las mujeres no podían realizar el trabajo de los hombres en el arte y en el resto de las cosas..." G. B. Shaw.

Ganó también popularidad con su obra “Der Wald”, premiada en Berlín en 1902.

En 1904, volvió a la carga con una ópera imponente, "The Wreckers" 2, adaptada del libreto original francés por su único amante, Henry Brewster, quien murió antes de poder ver estrenada la obra y con quien sostuvo un extraño triángulo amoroso. De esta obra, Sir Thomas Beecham 3 dijo "es una de las tres o cuatro óperas inglesas de real vitalidad y mérito musical". Muchos críticos posteriores la consideraron como la “gran obra maestra” de la compositora.

Hasta que no se estrenó en un teatro, muchos mecenas ofrecieron sus casas para hacer pequeñas representaciones de la obra, a las que asistieron empresarios, directores y posibles “sponsors” (entre ellos, la famosa Princesa de Polignac, conocida como “Winnie”, reconocida mecenas rodeada de artistas como Manet, Picasso, Proust, Colette, Cocteau… etcétera; también amante eventual de Ethel Smyth).

La obra fue interpretada en varias versiones en Leipzig, Praga, y Londres, con mucho éxito y beneficiosas críticas.

Violet Gordon Woodhouse, una de las más importantes figuras del Clavecín de aquel entonces (eclipsada por el carisma de Landowska) ofreció durante estos años y hasta la muerte de Ethel, dinero, espacio físico, y apoyo moral y artístico a Smyth para la composición y la presentación de su música.

Compositora incansable, y a la vez defensora de la mujer como "música creadora", comenzó entonces y a partir de esta época una prolífica etapa de producción musical: escribió una gran variedad de música de cámara, óperas, corales, piezas vocales y música instrumental. Entre los años 1894 y 1925 escribió alrededor de seis óperas.

Curiosamente, por esta misma época, comienza también a explotar sus vetas de escritora: a lo largo de su vida escribió no menos de 10 autobiografías, algunos ensayos, cuentos, o simples diarios extensos, tal y como se acostumbraba en la época.
En sus textos, combina un estilo literario netamente musical, de hecho, casi contrapuntístico, la serenidad de lo femenino, y el fuego de una mujer inclasificable, más excéntrica aún de lo que ella puede haber concebido de sí misma en su época.

Su música, igualmente, es de estructura de rasgos clásicos, pero con las armonías más abiertas de comienzos del siglo XX, una orquesta intensa, exhuberante... ajena al decoro victoriano, tan ajena como sus sombreros y su notable presencia.

Ciertas influencias germánicas -tal vez heredadas de su formación en Leipzig nunca abandonarán del todo el estilo de su música.

Sus obras de cámara, consideradas por algunos críticos de la época como "deficientes" o "carentes de la femineidad que se esperaría de la música de una compositora", son poco abundantes, pero destacan sus cuartetos para cuerdas y sus sonatas para violín.

De su libro autobiográfico “Impressions that Remained” (literalmente, “impresiones que quedaron” “que permanecieron”), comentó la clavecinista Woodhouse en una carta del 29 de enero de 1913:

“... Querida Ethel: Tu libro es delicioso y cautivador, y revela un maravilloso sentido crítico. Lo único que puedo decirte es que, así como más de la mitad de los abismos de la gente pasan desapercibidos, como icebergs, y no alcanzan a ser expresados ni revelados por palabras, puedo –débilmente, pero puedo- comprender lo que eres …”

En 1910, Ethel conoció a Emmaline Pankhurst, la fundadora del Movimiento Sufragista Británico de Mujeres y Cabecilla militante de una muy bien organizada "Unión Política y Social de Mujeres".

Conmovida por los discursos de la líder (y habiendo iniciado con ella una relación de mutua inspiración romántica), Ethel escribió en 1911 la "Marcha de las Mujeres", que fue publicada con arreglos para voces mixtas y acogida con admiración entre las militantes feministas de aquel entonces.

Durante una manifestación, ambas (junto a otras 100 manifestantes) fueron apresadas durante dos meses en la cárcel de Holloway... Ethel, enfervorizada, golpeó y rompió ventanas... hasta que fue finalmente arrestada.
Allí fue que, aún bajo la cólera de la manifestación, dirigió su obra "Marcha de las Mujeres" desde su celda, entonando a viva voz los cánticos junto a las otras prisioneras, y sacudiendo burlona en el aire su cepillo de dientes.

Ningún otro espíritu habría podido, más que el de Ethel -enfrentada al rídículo sin pensarlo- exponerse de ideas completa ante la rigidez de su entonces. Su testarudez ignominiosa acabó por llevarla a conciencia a sus metas más altas.

Durante varias oportunidades, recibió notorios reconocimientos a su quehacer artístico dentro de su país: fue distinguida primeramente en 1910 con un Doctorado Honorario de Música en la Universidad de Durham y más tarde, en 1926, honrada con el mismo título por la Universidad de Oxford.

En 1922, Smyth recibe el equivalente femenino a la caballería “Dama del Imperio Británico” (Dame of the British Empire), otorgado por sus logros, “los más altos alcanzados alguna vez por una mujer”.

Ya más grande, mantuvo una producción artística dilatada, sin dejar por eso de componer grandes obras y de publicar sus libros (se dice que ya en 1910 estaba perdiendo su audición, y que, por eso, se dedicaba con más fruición a la producción de sus mémoires ). A la par, se mantuvo muy cerca del Círculo Literario de Bloomsbury, atendiendo muy a menudo a tertulias y reuniones de mujeres creadoras, y frecuentando a artistas como Sir Thomas Beecham, George Bernard Shaw, Edith Somerville, Radclyffe Hall, Vita Sachville-West, y algunos pares más de etcéteras (una extraña relación indirecta con Oscar Wilde).

Alguna vez, en 1876, el hermano menor de Wilde, Willie (periodista), le propuso matrimonio a la compositora, en un extraño evento que ella narra jocosa en sus memorias.

En 1926 escribe otra de sus más destacadas obras (y de las más interpretadas actualmente, además de sus piezas para piano): el Doble Concierto en La para Violín, Corno y Orquesta, una obra personal y atractiva, de atmósferas modernas pero -aún- netamente tonales.

En los años ´30s, a sus ya setenta años, y aún rondando el grupo literario de Bloosmbury, Ethel revivió su fuego de pasión más intenso cuando conoció a la joven novelista y crítica Virginia Woolf, con quien mantuvo una retorcida y abundante correspondencia.
Dos años antes la escritora había publicado “Orlando”, bajo la editorial “Hogarth Press” que había levantado con su marido Leonard Woolf; y ya se destacaba por su intimista estilo literario de “monólogo interior”.

“Una mujer mayor se ha enamorado de mí y eso es algo que me resulta odioso y horrible, melancólico y triste a la vez. Es como ser presa de un gigantesco cangrejo” escribía en febrero de 1930. Sin embargo, más tarde, escribía a la compositora:

“… Cuéntame todo lo que haces: a pesar de mi incorrección, cualquier cosa tiene valor para mí: la hora en que te levantas, te bañas, desayunas, extractos de conversaciones, ideas que se te ocurran, lo que oyes, lees, comes; si sueñas (…) ¿Tienes un cuarto de estar, cómo está amueblado; dan vino en la cena? (…) y ¿en qué piensas; y qué sientes? ¿Y cómo ves tu futuro? Y tu pasado (…). Aguardo con la boquita abierta, igual que una cría de cuco, las palabras de Ethel …”

Ambas se dedicaron obras y se obturaron una a otra de reproches, abusos y demandas, hasta que la joven Woolf detuvo a la obsesionada Smyth de manera abrupta y violenta.

“Los enamoramientos de Ethel Smyth –sucesivamente, con la aristócrata Elizabeth von Herzogenberg, con una de las damas de honor de la Reina Victoria, lady Ponsonby, (añado: también la escritora Edith Somerville) con la exiliada emperatriz francesa Eugenia (…) eran legendarios. En cuanto Ethel sucumbía, la experiencia se consumía, y ella incorporaba sus grandes passions a su vida creadora, encontrando en ellas su fuente de inspiración …” 4

Ambas fueron, sin embargo, durante mucho tiempo, confidentes y musas: conocido es el fragmento epistolar en el que Woolf anunciaba a Ethel sus deseos de morir –triste presagio de su posterior suicidio-:

“A veces retumba como un trueno dentro de mí el sentimiento de total inutilidad de mi vida. Es como si de repente me golpearan la cabeza contra la pared al final de una calle sin salida”.

Woolf, más contradictoria aún que Smyth, se burlaba de ella a sus espaldas, y un día, simplemente, se hartó de su presencia. "¡Dios! ¡Qué mujer inconsistente eres! -escribía Woolf, apaciguante, en enero de 1938- , no importa: acepto tu inconsistencia: sólo escríbeme a menudo, ¡pero no ahora!"

El 3 de Marzo de 1934 se organizó un Festival para conmemorar el setenta y cinco aniversario de Ethel. Sir Thomas Beecham dirigir las obras más extensas (una coral y otra orquestal): La Misa en Re y “La prisión”.
Aunque la compositora estaba completamente sorda, le costaba admitirlo en público, incluso ante sí misma. Ethel afirmó haber sido capaz de escuchar el concierto con la claridad suficiente como para afirmar que Beecham había “interpretado mi música como yo jamás había esperado escucharla; y lo que es más, como si él mismo la amase”.

Durante los últimos años de su vida, volvió a componer numerosas obras más, varios volúmenes de libros.
Hizo, además, varias transmisiones radiales y adaptaciones de su ópera cómica "The Boatswain´s Mate" para la BBC.

Sin embargo, pese a los honores recibidos durante sus años más activos, a menudo solía faltarle el dinero, y en más de una oportunidad su amiga Violet tuvo que enviarle algunas libras para que su hermano pudiera visitarla estando enferma.

Murió el 8 de Mayo de 1944 a los 86 años, en Surrey, luego de dos años de enfermedad, pero habiendo dejado –sin dudas- un honroso espacio libre a la voz de la mujer al servicio apasionado de la música.

"Soy la persona más interesante que conozco -declaró alguna vez en 1935-, y no me interesa si hay alguien más que piense lo mismo".

Con esas palabras, la "Gran Dama" solía definirse a sí misma, con el temperamento cínico e inderrumbable que presentan los artistas que son vanguardia y fuego en su tiempo.

Notas al pie:

1 “Vida y amores de Violet Gordon Woodhouse” (clavecinista inglesa), Jessica Douglas  Home. Editorial Circe. Marzo 1998.

2 Literalmente “los destructores” o “los demoledores”, los que arruinan algo de valor en provecho propio. Históricamente, se denominaba “Wreckers” a quienes provocaban un naufragio o a quienes robaban los despojos de los buques náufragos, pero también, y por el contrario, a las personas o embarcaciones empleadas para recuperar barcos naufragados o sus cargamentos.

3 Curiosa referencia que halla siempre contradicciones. En una oportunidad, Beecham enfadado, escribió a su amigo Delius una curiosa carta (que luego tapó con las críticas favorables), un mes después de escuchar “The Wreckers”: “…En realidad pienso que es la basura más estúpida y miserable que he oído en mi vida…”.

4 Ref. Nota al Pie nº 1

 

 

 

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