Prólogo de
"El Director de Orquesta ante la Partitura"*
por Enrique Jordá (1911-1996)
Director de Orquesta Español
- ¿En qué ocupa su tiempo cuando no
tienen concierto? -me preguntó ingenuamente, en un cóctel, cierta señora
que llevaba muchos años escuchando conciertos sinfónicos.
La impresión que me produjo la pregunta fue tan profunda que
desde entonces he venido observando las curiosas y erróneas ideas que circulan
sobre las actividades de los directores de orquesta. Algunas cartas recibidas
confirman esta opinión. En una de ellas, una dama me sugería que adelantase la
hora del próximo concierto para permitir que el público llegara a tiempo a la
presentación de la nueva colección de un gran modisto. En otra, un caballero,
tras felicitarme por un concierto a modo de introducción, apuntaba que había
admirado especialmente la actuación de una bella señorita, y me rogaba que le
contase cuanto de momento supiera de ella.
Ante la repetición de hechos parecidos decidí escribir este
bosquejo con destino al buen aficionado, quien si bien no ha llegado nunca, ni
llegará, e extremos semejantes, carece de algunos conocimientos que permiten un
auténtico entendimiento de la función del director de orquesta.
Mas no hay que extrañarse demasiado por ello. Dentro de la
propia profesión musical es corriente y lógico, que cada músico no domine todas
las ramas de su arte. Existe la creencia, bastante extendida, de que cualquier
músico profesional puede dirigir una orquesta, cuando entre los compositores -el
grupo que se halla mejor preparado para conocer el contenido de una partitura-
se encuentran fácilmente algunos que, al igual que Beethoven, cuando dirigen
entorpecen a los músicos en lugar de ayudarles (1). La causa de tal creencia
reside, principalmente, en el complejo carácter de la actividad del director. En
general se enfoca ésta desde un solo ángulo, actitud bastante comprensible si se
tiene en cuenta el inmenso terreno que abarca el estudio de la dirección de
orquesta.
Para cumplir su cometido, el director debe, tras estudiar la
partitura, comunicar a los ejecutantes en los ensayos su concepto de la obra y
transmitir, durante el concierto, el mensaje de la misma a través de su modo
sonoro. La realización de estas tres fases requiere conocimientos que van de la
composición musical a la psicología, del dominio de un instrumento a la
metafísica, de ciertos fenómenos físicos a las ciencias históricas y a las
disciplinas estéticas.
El propio carácter de la música determina la necesidad del
director. En las artes plásticas el creador puede presentar directamente su obra
al público, pero no ocurre lo mismo con la música, donde entre la creación de
una obra y su apreciación por el público, pasa la composición a través de un
tercer elemento: el intérprete. El compositor, para transmitir su obra, procede
por un camino indirecto, fijándola por medio de una escritura convencional; las
notas que indican la altura y duración, ambas relativas, de los sonidos. La obra
queda así inmovilizada, y su contenido existe, por emplear una expresión
stravinskyana, solamente "en potencia". Para que esta existencia gráfica posea
vida real es necesaria una ejecución que transmita a través de unas ondas, para
ser apreciada por el oyente, la idea musical. Sin este movimiento, duración y
vida, la obra no existe más que en estado latente e ideal.
Sólo ciertos músicos que poseen los conocimientos necesarios
pueden leer una partitura "in petto", imaginándose el resultado de su ejecución.
Las composiciones, antes del siglo XVIII, apenas viajaban
fuera de los lugares donde habían sido creadas. Su ejecución, o dirección,
recaía con gran frecuencia en manos del compositor. Hoy las obras se desplazan
por los cinco continentes si la presencia de su autor, originando la necesidad
de un intérprete y, en el caso de obras orquestales, de un director, quien reúne
y canaliza las funciones de los ejecutantes. Éste no vela solamente que aquellos
ejecuten fielmente el texto, sino que determina, a menudo por propia iniciativa,
el sentimiento general de la composición.
Schumann afirmó, en sus escritos, que para comprender a un
genio es necesario ser otro genio. Sin elevarnos a tales alturas, me parece
justo afirmar que sólo se puede dirigir bien lo que se comprende bien. Pero aquí
rozamos un punto a veces confuso: la distinción entre el ejecutante y el
intérprete.
Son numerosas las personas que tocan algún Nocturno de
Chopin, pero ¿cuántas de ellas no se limitan a procurar que cada nota suene a su
debido tiempo con el justo volumen sonoro: a ejecutarle? En cambio, un auténtico
músico, un intérprete, penetrará primero dentro del sentido musical y poético de
la composición, y solamente utilizará la técnica después poniéndola al servicio
de la interpretación.
Nunca olvidaré un comentario expresado durante el concierto
dirigido por un director invitado que incluyó en el programa "El mar", de
Debussy. El director titular, una de las figuras francesas más prestigiosas, se
hallaba presente. Al terminar la ejecución de "El mar", una de las personas que
le acompañaban inició el siguiente diálogo:
- Maestro, ¿qué le ha parecido?
- ¡Magnífico! Sólo me falta una cosa.
- ¿Cuál?
- Debussy.
Nada puede ilustrar mejor la diferencia entre un conjunto de sonidos y la
música, entre una ejecución y una interpretación.
Me han preguntado con frecuencia si una orquesta precisa de
un director. La pregunta es menos ingenua de lo que parece. Un quinteto, incluso
cuando ejecuta obras erizadas de dificultades, puede lograr el conjunto si sus
componentes conocen perfectamente la composición que ejecutan. Una orquesta, al
contrario, sería incapaz de ejecutar una obra tan conocida como la Quinta
sinfonía de Beethoven, aunque sus instrumentistas fueran artistas de la misma
altura que los del quinteto mencionado. La dificultad no estriba en la calidad
de los ejecutantes, sino en el número de ellos. Existe un límite que, al
rebasarlo, impide que la orquesta actúe como un organismo singular, y solamente
un director podrá inculcar la homogeneidad precisa. Para ello es necesario un
don natural, y el director que posea todos los conocimientos musicales unidos a
la más vasta cultura, pero que sea incapaz de transmitir e imponer sus ideas a
la orquesta, fracasará lamentablemente en su cometido.
El director combina las funciones de ejecutante e intérprete.
En realidad esta última preceda a todas las demás y aparece en la primera de las
tres fases señaladas, que cubren la actividad del director. Este bosquejo trata
solamente de problemas referentes a esta fase.
(En otro trabajo titulado "El director ante la orquesta y el
público", proyecto tratar de la técnica de la dirección, métodos de ensayo,
sonoridad y algunos aspectos concernientes de modo exclusivo al concierto. ...)
Se tratará aquí del estudio de la partitura, el pensamiento
artístico del autor y, para apreciar del modo más claro su contenido, éste será
analizado separando sus diversos elementos para integrarlos, finalmente, en la
más estricta unidad.
Quizá se pudiera argüir que tal procedimiento debe conducir
fatalmente a una interpretación intelectual, racionalista y, por lo tanto, seca.
Tal hipótesis sería falsa. Hay que tener presente que aquí sólo se trata de la
fase anterior a la dirección: la del estudio. La motorización de los elementos
afectivos acontece solamente durante la segunda etapa, y durante la fase final,
el concierto, los elementos espontáneos y subconscientes son tan importantes
como los conscientes y deductivos.
Si alguno de mis colegas lee estas páginas, le ruego me
excuse algunos párrafos donde expongo ciertos aspectos primarios de nuestra
actividad. No me dirijo a ellos, reitero el deseo de comunicarme con un círculo
más extenso, del que forma parte el buen aficionado. Quizá este bosquejo pueda
también ser útil a los jóvenes directores y a quienes practican, como
ejecutantes, al arte musical, ya que muchos de los temas debatidos se refieren
tanto a la música sinfónica como a otras esferas de la música instrumental.
No aspiro a dar fórmulas o a presentar un catecismo
dogmático. Mucho menos espero llegar a conclusiones definitivas de carácter
práctico. Se trata solamente de dar a conocer algunos de los esfuerzos de los
directores de orquesta durante las largas horas de preparación y estudio. Por
otra parte, el presentar fórmulas llevaría consigo la anulación de uno de los
mayores atributos del intérprete: la libertad de elección, que no se debe
confundir con el derecho a hacer a hacer con la obra lo que a uno le plazca.
Esto sería confundir libertad con licencia. Entiendo por libertad interpretativa
la facultad de poder decidir, sin coerción exterior, el sentido de la obra. El
intérprete, tras informarse, juzga los valores constitutivos de la obra,
dándoles su exacta importancia, y decide, actuando libremente, su
interpretación: la menor falta de sinceridad que ella pudiera encerrar denotaría
una ausencia de conciencia artística.
Las dificultades que nuestro tema presenta aumentan al
encerrarlo dentro de los límites que me he trazado. Algunos de los elementos
mencionados son indefinibles. Si los estudios de conjunto son muy escasos, creo
que en castellano no existe ninguno, aunque una copiosa literatura ha iluminado
algunos de los temas aquí tratados. (...)
Un rápido repaso histórico renovará nuestro contacto con los
dos elementos fundamentales que se confrontan a lo largo de mi trabajo: la
partitura y el director en la fase actual de la evolución de su arte, del que
opinaba Richard Strauss: "La dirección es, al fin y al
cabo, un asunto difícil -¡hay que tener setenta años para darse plenamente
cuenta de ello!"
por Enrique Jordá (1911-1996)
Director de Orquesta Español
*Prólogo del
Libro "El director de orquesta ante la
partitura - Bosquejo de interpretación de la música orquestal",
Espasa Calpe, Madrid, 1969.
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