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En sus Memorias, Juan
Carlos Paz sostenía que el material escrito en una partitura sólo vibra
y tiene sentido en la medida en que el oyente aprecia el sonido
presentificado durante la ejecución. Tal vez sin saberlo, Daniel
Barenboim retoma esa misma idea, pero poniendo en juego el papel activo
del intérprete frente a la obra. Antes de su venida a Buenos Aires para
actuar en el Teatro Colón al frente de la Staatskapelle Berlín (25 y 27
de septiembre*) y como solista de piano (30 de septiembre y 1º de
octubre*) para el Mozarteum Argentino, Clásica tuvo oportunidad de
hablar con él en exclusiva desde Salzburgo.
Tenemos en cuenta su inclinación hacia los ciclos de versiones
integrales y damos permanentemente cuenta de ellos a través de nuestra
Radio Clásica. ¿Ha pensado encarar en el corto plazo algún proyecto de
este tipo?
Daniel Barenboim: En estos momentos me encuentro terminando el ciclo integral de las
sinfonías de Bruckner en discos compactos, con la Filarmónica de Berlín.
Ya hemos grabado desde la cuarta hasta la última; ahora nos faltan las
primeras tres. Y también con la Filarmónica de Berlín estamos terminando
los conciertos de Mozart. Ahí faltarán aún unos seis u ocho.
¿Tiene pensado en algún momento grabar también las sinfonías de Mahler?
Daniel Barenboim: No. Al menos no por el momento. La verdad es que yo he dirigido
mucho Mahler, tanto las canciones como algunas de las sinfonías. Pero
nunca me he ocupado profundamente de todos sus trabajos sinfónicos, de
modo que sería un proyecto que en estos momentos no se encuentra en mi
agenda.
Respecto a la interpretación, ¿cree usted que el intérprete sirve a la
obra o más bien que la obra sirve al intérprete? ¿Cuál es su opinión
respecto al objetivismo o subjetivismo de la interpretación?
Daniel Barenboim: Yo creo que el tema es algo más complejo de como usted lo formula.
Lo que pasa es que si uno examina un poco el trayecto de una obra, ella
primero existe sólo en la mente del compositor, lo que equivale a decir
que es dependiente únicamente de las leyes que aquél pueda fijarse en su
propio cerebro. Es algo que no tiene nada que ver con la realidad; no
hay leyes, ni físicas ni metafísicas, según las cuales se pueda
controlar. La obra está sujeta en principio, entonces, solamente a la
imaginación del compositor. Digamos que éste tiene la obra en estado
embrionario: es quien la ha escrito. La obra en sí no existe; son sólo
manchas negras sobre un papel blanco.
Ahora, lo que pasa cuando viene un músico, un pianista, un
instrumentista, un cantante o un director de orquesta, no es cuestión de
interpretación; es una cuestión de traer esas manchas negras sobre papel
blanco en forma de sonido a nuestro mundo real, a nuestro mundo físico.
O sea que la Quinta Sinfonía de Beethoven ahora no existe, lo que hay es
un código según el cual se la puede leer. Pero los sonidos no existen en
el mundo en forma permanente, los sonidos son efímeros y desaparecen una
vez que terminan de sonar. Así que en cada oportunidad resulta necesaria
la intervención de todo un proceso para retraerlos físicamente a este
mundo. No es como un objeto, que una vez que se ha construido o ya
existe queda. Es por este motivo que no se puede hablar de servir a la
obra o de servirse de ella; en el mismo momento en que se plantea tal
cuestión ya hay algo que no funciona, algo que es falso. El rol del
intérprete es tratar de entender esas señales que significan en el papel
impreso y conocer suficientemente el fenómeno del sonido, cómo funciona
tanto física como metafísicamente, para luego darle vida a la obra
poniéndola realmente en acto. El intérprete, en el momento mismo en que
produce el primer sonido de una obra, establece para ella una voluntad
propia de existir y desarrollarse, y ahí hay que saber cómo manejarla.
Siendo tantas las grabaciones que usted hace, ¿lleva un control de los
detalles técnicos de la calidad de sonido o simplemente piensa en dar su
mejor interpretación y delega este aspecto a los técnicos?
Daniel Barenboim: Yo trato de delegar ese aspecto en el personal técnico, y
generalmente creo que he tenido razón en hacerlo así. Cuando se presenta
algún problema específico, naturalmente me intereso, pero en el momento
de la grabación trato de dar toda mi energía y toda mi concentración al
aspecto musical de la obra. Porque cuando uno empieza a tratar de
ocuparse de todo y cede a la manía del omnicontrol, esta inclinación se
vuelve algo muy peligroso.
¿Cómo enfrenta usted una obra nueva? ¿Tiene un método de análisis
especial o se maneja de una manera un poco más intuitiva?
Daniel Barenboim: Creo que cada obra y cada estilo necesita un análisis diferente.
El primer impulso siempre es intuitivo. Cuando uno ve una partitura por
primera vez, antes de poder realizarla, recibe un golpe instintivo y le
da esa reacción a lo que está leyendo o tocando. Pero hay que pasar
rápidamente a un estado más analítico, porque uno puedo imaginar lo que
pasaba en el subconsciente de un compositor; y si bien eso no se puede
analizar, sí se puede analizar el resultado objetivo de lo que el
compositor escribió. Y luego, la tercera etapa, que es la más difícil e
interesante y que a mi entender resulta asimismo imprescindible, es
volver a un estado que esté por encima de eso, ya después de la base
racional de conocimiento, para reconstruir a través de ese conocimiento
un estado intuitivo. Y esto es lo que da la dimensión creativa, es lo
que puede diferenciar una ejecución correcta de una
recreación.
¿Su relación con Pierre Boulez ha influido en su manera de analizar las
obras en esa segunda etapa objetiva?
Daniel Barenboim: Bueno, yo tengo mucha admiración por él, tanto como compositor
como en su rol de director, y hemos hecho mucha música juntos. Creo que
tenemos un sentido final común, aunque el camino por el cual llegamos no
sea siempre el mismo. Lo que quiero decir es que la gran capacidad de
Boulez es sonora, de transparencia, de claridad, y de hecho no tan
estructural.
En el criterio de selección de sus repertorios parecería que hay cierta
voluntad casi compositiva, como si se intentara hacer una especie de
suite de sólida estructura. ¿Cómo ve usted esta impresión?
Daniel Barenboim: Yo creo que es correcta. Siempre me ha interesado mucho la
continuidad: la continuidad de la música, la continuidad del estilo, la
continuidad del desarrollo musical. Y por eso mismo es que no soy
partidario de hacer conciertos con programas dedicados únicamente a la
música contemporánea. Porque a la música contemporánea la hallamos en un
especie de ghetto, y eso no es muy justo. Por ejemplo, sin hablar de
música contemporánea pero sí al menos de nuestro siglo, quiero ver a Webern o Schoenberg a través de Brahms, o Berg a través de Wagner. Es
justamente esa continuidad la que me fascina y me interesa.
Y que va a estar representada en el programa de piano que va a realizar
aquí en Argentina.
Daniel Barenboim: La idea detrás de ese programa es la madurez y originalidad de
tres grandes compositores en su primera época: el Beethoven op. 2, el
Schoenberg op. 11 y el Brahms op. 5. Aunque de los tres Beethoven fue el
más revolucionario, sobre todo en su primer período, en los tres hay una
originalidad y, por así decirlo, una salida estética.
¿Cuál es su posición frente al auge del historicismo musical?
Daniel Barenboim: Toda la preocupación vinculada con las modalidades históricas de
la ejecución de la música ha traído mucho material positivo para la
reflexión. Y la utilización de los instrumentos de época también ha
afinado los oídos, que estaban demasiado llenos de un lenguaje musical
propio del siglo XIX. Al mismo tiempo, suele haber una falta de
comprensión de la dimensión eterna de toda esa música, y a la vez un
malentendido en lo que hace a definir una ejecución como correcta o
definitiva. Porque hay también una serie de fenómenos acústicos a
definir. Tocar de una manera determinada con ciertos instrumentos en
salas en las que cabían 200 ó 300 personas es una cosa; tratar de hacer
eso mismo en el Teatro Colón o en el Carnegie Hall es otra muy
diferente. Hay entonces ahí un fallo puramente físico. Yo no soy
partidario de aceptar una esclavitud ligada ni a la preocupación por la
forma de ejecutar ni a la cuestión de los instrumentos. Lo que sí tomo
en cuenta es todo lo que he podido aprender de las discusiones en torno
a esos problemas.
Le hago una última pregunta, que es algo que aquí en Argentina nos
intriga a todos, y tiene que ver con la administración de su tiempo...
Daniel Barenboim: Ja, ja (risas).
Nadie se explica cómo se las arregla usted para hacer tantas cosas. Tal
vez nos pueda dar una idea de cómo es un día de agenda suyo, el de hoy o
el de mañana, por ejemplo.
Daniel Barenboim: Bueno, hoy fue un día relativamente simple, porque tocamos ayer el
concierto de apertura del Festival de Salzburgo con la Filarmónica de
Viena, con el Concierto en Do menor de Mozart y la Novena de Bruckner, y
hoy se repite el mismo programa. Así que considero que he tenido el día
libre, y lo he gozado mucho.
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El Maestro D. Barenboim
Not rated yet
No es solo un gran pianista y excelente conductor. Es un "Hombre" con mayuscula. Por su vision del mundo y el uso de su arte, como instrumento, para la ...
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