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Carlos Visnivetski (1944-2010)
"Memorias de un Músico"
Autobiografía escrita en el año 2006
(pág. 9)

6) CAMPING MUSICAL DE VILLA GESELL

El Maestro Ljerko Spiller había creado un "camping" en Villa Gesell, supongo que con la idea de hacer algo parecido al de Bariloche. En realidad era un espacio para que diferentes músicos pudieran tocar en una gran carpa, en medio del bosque, en enero o febrero.

A mí me tocó participar en dos oportunidades: la primera, simplemente como "secretario" y la segunda, esta vez sí, como "artista".

A principios de 1969 mi esposa estaba embarazada de mi primera hija, Laura. A fines del año anterior Spiller me había invitado a participar como secretario, conjuntamente con un colega estudiante de viola que había sido también compañero de coro en mis primeros años en el Coro Juvenil de Castelar: Ricardo Ducatenzeiler. No nos iban a pagar nada, pero yo tenía la posibilidad de "veranear" gratis con  mi esposa y su panza durante todo un mes.

Nos alojábamos en el "Playa Hotel", donde teníamos nuestro desayuno, almuerzo y cena. Pero muchas veces, a la hora de la merienda, solíamos encontrarnos en la casa de los Spiller, donde su simpática esposa Carola nos ofrecía todo tipo de "delicatessen".

El trabajo de los secretarios consistía en dos tareas principales. Por un lado, lo que hacíamos durante la semana, buscar volantes y programas en la imprenta y repartirlos en los hoteles y otros comercios y, por el otro, lo que hacíamos los días de función: buscar y acompañar a los artistas con sus instrumentos, de la terminal al hotel y viceversa y, sobre todo, armar y desarmar la carpa en el bosque. Luego de las funciones nos reuníamos con los artistas en largas y divertidas mesas en el hotel. Por supuesto que, en el caso de Ricardo y el mío propio, antes de dirigirnos a la larga y divertida mesa, teníamos que ocuparnos de terminar de desarmar la enorme carpa en donde se realizaban los conciertos.

Mientras desarmábamos la carpa, algunas personas del público  solían darnos una mano. En una oportunidad nos sucedió un hecho muy extraño y divertido. Mientras el público se iba retirando, habíamos comenzado a desarmar la carpa, trasladar los largos bancos y apagar los faroles. Repentinamente se nos acercó un señor y nos ofreció su ayuda, haciéndonos algunos chistes. Aceptamos su ofrecimiento y él continuó ayudándonos hasta que todos se habían ido, siempre con sus bromas, que nos animaban a no sentir tanto el trabajo. Nos parecía una cara conocida, pero no terminábamos de ubicarlo. Nos acompañó con sus chistes y su trabajo hasta el último momento, cuando ya no quedaba más nada por hacer y nos dirigíamos a la cena. Entonces, por fin, se identificó: Carlos Garaycochea.

Una de las anécdotas que más recuerdo de esa tarea tan particular fue cuando un buen día, mientras estaba repartiendo los programas a pie, por los hoteles, me encontré con el matrimonio Ferreyra, los padres del compañero de escuela que me hizo entrar al coro de Castelar cuando teníamos once años y que luego falleció al caer el avión en la puerta de la escuela. Posiblemente hacía unos doce años que no nos veíamos. Les expliqué cuál era mi tarea en ese lugar y ellos me dijeron que estaban alquilando una casa, casualmente a pocas cuadras del Playa Hotel. Tenían un Fiat 600 nuevo, que prácticamente no usaban en ese lugar, y me lo ofrecieron para que todas las mañanas pudiera ir a repartir los folletos, o bien lo utilizara para buscar y llevar a los músicos cuando hiciera falta. Por supuesto que acepté la propuesta e hice buen uso del pequeño vehículo por las calles de arena, que para mí era algo así como manejar un "Rolls Royce" por las autopistas de Mónaco.

Tres años después, en enero de 1972, me tocó volver al "camping", esta vez como integrante del grupo de cámara del Conservatorio Juan José Castro de La Lucila, con la dirección del Maestro Mariano Froggioni. En esta oportunidad, además de tocar en la carpa en medio del bosque, también hacíamos los conciertos en escuelas y en hoteles de Villa Gesell y Pinamar.

Esta vez, mi esposa estaba embarazada de mi segunda hija, Adriana. El "viejo" Spiller no pudo con su genio y nos  dijo: "¿pero qué pasa con ustedes que cada vez que los veo están embarazados?"

7) TRÍO DE CAÑAS "MADERA PORTEÑA" (1974/1976)

Así como mis primeros cinco años de Banda fueron más musicales que militares, los últimos cinco, los del Aeroparque, fueron más militares que musicales. Las bandas militares tienen unas características muy particulares. La frase que las pinta es "al pedo pero temprano". Así es como teníamos algunas horas de prácticas musicales o prácticas de desfile pero muchas otras horas de descanso o de espera, de esperar que llegue tal y tal avión con tal y tal presidente, o de esperar que se haga la hora de ir a tal y tal servicio y así sucesivamente.

Todas estas largas esperas eran ocupadas de diferentes formas por mis compañeros. Algunos dormían. Otros jugaban al truco. Otros tomaban mate y otros se iban a la cantina. Pero hubo tres que decidimos formar un trío de cañas: Alberto Bernato, fagot (20), Juan Carlos Clavero, clarinete (40), y yo, oboe, (30). Decidimos ponerle como nombre "Madera Porteña", lo cual era un doble juego de palabras, ya que todos éramos porteños, pero además nuestros instrumentos eran de madera. Además, nuestros compañeros consideraban que también nosotros, tocando,  éramos de madera. A partir del momento en que armamos el trío comenzó una larga batalla entre nosotros tres y el resto del personal de la Base Aérea Militar Aeroparque, ya fueran jefes, oficiales, suboficiales, soldados o el propio capellán. En cualquier lugar que eligiéramos para ensayar siempre molestábamos. Probamos en el galpón de la Banda, en la Capilla, en la Cantina, en el Baño de Soldados, en el Círculo de Suboficiales, en el bosque debajo de los árboles, etc., hasta que descubrimos un lugar en el que a nadie molestábamos y nadie nos molestó nunca (porque nunca nos encontraron): en la playa de estacionamiento, dentro de mi Citroen 2 CV (por supuesto, con el techo de lona abierto, para poder sacar afuera la campana del fagot).

Con este trío comenzamos tocando obras francesas modernas, divertimentos de Mozart, algunas transcripciones, pero poco a poco fuimos descubriendo la posibilidad de tocar tangos y eso le dio un envión a mi larga historia de  arreglador. Sucedió de una manera curiosa. Estábamos ensayando un difícil trío de Valdo Sciamarella titulado "Scherzino". En la parte final había un tanguito medio piazzollesco. Con oboe, clarinete y fagot sonaba muy lindo. Entonces nos preguntamos qué pasaría si arreglábamos un tango y lo tocábamos. Como Juan Carlos Clavero era pianista y director de coros le sugerí que hiciera algún arreglo. Él nunca se decidía. Entonces un día, en uno de esos momentos de "descanso", en la cantina de soldados, con el televisor a  todo trapo y todos los soldados gritando, se me ocurrió hacer un arreglo por mi cuenta. Elegí "A fuego lento", de Horacio Salgán, y lo arreglé ahí nomás, de oreja y con un lapicito. Después de éste hice dieciséis arreglos más y un buen día Juan Carlos apareció con su primer y único arreglo. Luego Bernato hizo también su propio y único arreglo.

Con "Madera Porteña" laburamos en un montón de boliches, clubes, iglesias, recorrimos todas las radios, llegamos a tocar hasta en Huinca Renancó (Provincia de Córdoba, pegado a La Pampa) y hasta hicimos un "demo" (en esa época no se conocía esa palabra) de nuestros tangos para el sello "Redondel" que, por supuesto, nunca se editó.

El detalle cómico era que mucha gente, al escucharlo, nos decía frases como "e falta el bandoneón", o "e falta un piano" o "e falta el contrabajo" y nosotros contestábamos que si hubiera bandoneón, piano y contrabajo, entonces no sería un trío de cañas. "Madera Porteña" vivió durante tres años, del 74 al 76, y murió cuando me fui de la Fuerza Aérea.
 

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