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Carlos Visnivetski (1944-2010)
"Memorias de un Músico"
Autobiografía escrita en el año 2006
(pág. 8)

3) TEATRO ROMA DE AVELLANEDA

En el Teatro Roma había una orquesta que estaba formada por algunos músicos estables que cobraban y otro grupo numeroso formado por estudiantes, músicos de banda o de orquesta  retirados, músicos de banda jóvenes que hacían sus prácticas en una orquesta por primera vez, etc. Yo pertenecía a este último grupo. Me llamaban cada vez que me necesitaban y yo trataba de conciliar con mis otros horarios. Más de una vez yo tenía media hora entre la hora de salida de la Banda y la del comienzo del ensayo en Avellaneda. En un principio mi camarín andante era la "Estanciera" de mi papá. A partir del 74 fue el  Fiat 600 el que se convertía en un "toilette  espacial". Yo salía de la base con ropa verde y borceguíes y llegaba al Teatro Roma vestido de civil.

 El director de la Orquesta se llamaba José Rodríguez Fauré. Tocábamos todo tipo de música, pero esencialmente óperas.

En el Teatro Roma también conocí a quien posteriormente sería el permanente compañero de fila en toda mi carrera en Bahía Blanca: el "Gordo" Jorge Martínez, ejecutante de corno inglés. El Gordo estaba en la Banda de la Policía. Vivía cerca de Juan B. Justo y Avenida San Martín. Más de una vez yo pasaba a buscarlo con la "Estanciera" de mi papá y el viaje servía para hacernos un psicoanálisis mutuo, lamentándonos de los problemas que padecíamos en cada una de nuestras respectivas bandas. 

4) FLAUTA DULCE EN AVELLANEDA

  Ahí conocí también a dos personas con las que llegaríamos a ser buenos amigos y que tuvieron que ver en otros momentos de mi vida: Clydwin Ap Aeron Jones y su esposa Alicia Ferrari. Él era director de coro y ella profesora de canto. Una vez, después que toqué un concierto para flauta dulce y cuerdas con la orquesta, se les ocurrió que yo podía dar clases de flauta dulce en la Escuela Municipal. Alicia terminó siendo mi alumna. Muchos años después, en 1982, cuando fui a dar un curso de flauta dulce a Puerto Madryn, volvimos a encontrarnos, cuando él ya era Director de Cultura de la Provincia de Chubut.  

5) LA LUCILA Y MARIANO FROGIONI

En la Fuerza Aérea tenía un colega que se llamaba Daniel Porfilio. Tenía mucha pinta y era un típico porteño conquistador. Solía llegar tarde a la Banda porque, según él, se había levantado a una mina en el tren. Entonces nunca le aplicaban ninguna sanción. Le gustaban el fútbol y las minas, mucho más que el oboe y la música. Generalmente no se animaba a tocar los solos y me los dejaba a mí, aunque yo tenía menos grado y menos años de servicio.

A él le debo también el haber podido participar en diferentes actividades. Si bien los dos estábamos en la misma banda, él era mucho más popular que yo. Es decir: él era muy conocido y a mí no me conocía nadie. Por lo tanto, cada vez que en algún lugar hacía falta un oboísta, siempre lo llamaban a él.  Él asistía a esa cita y solía durar una o dos semanas. Luego, por diferentes razones, abandonaba el compromiso y me lo cedía a mí. Así pasó varias veces, por ejemplo con el Conservatorio Provincial de La Lucila y también con el grupo de Luis Román, de quien hablaré más adelante.

En La Lucila se había creado el Conservatorio Provincial Juan José Castro que, como suele suceder en estos países, funcionaba en el edificio de una escuela primaria, en los horarios en que la escuela no funcionaba. Tenía dos profesores de cámara: el de cuerdas, que era Ljerko Spiller, y el de vientos, que era Mariano Frogioni. Éste trataba de formar tríos, cuartetos y quintetos con los alumnos de vientos, pero hete aquí que, como también suele suceder en estos países, no había alumnos de oboe ni de fagot. Por lo tanto buscaba afanosamente algún oboísta y algún fagotista que quisieran participar como "oyentes" (oyentes pero "tocantes") en las clases de cámara que duraban todo el sábado.

Al principio fueron Porfilio (oboe) y el Gordo Cesarini (fagot), ambos compañeros de la Banda. Luego Porfilio se abrió y me preguntó si a mí me interesaba ocuparme del tema. Ahí se inició una larga colaboración que duró algo así como tres años, más o menos alrededor de los años 69, 70 y 71. Yo debía estar todos los sábados entre las diez de la mañana y las cuatro de la tarde. Como todavía no tenía auto, tomaba el tren de Castelar a Liniers, después el colectivo 21 que iba por la General Paz hasta la Estación Rivadavia y ahí el otro tren hasta La Lucila y luego caminaba unas cuantas cuadras. Unas dos horas de viaje. Por lo tanto, salía de Castelar a eso de las ocho de la mañana  y volvía a mi casa a eso de las seis de la tarde. Me llevaba una porción de tarta pascualina y unas mandarinas para el mediodía.

Cada sábado iba alternando con todos los alumnos de flauta y clarinete para estudiar todo tipo de tríos, cuartetos y quintetos. Puedo decir sin exagerar que conocí prácticamente la mayor parte del repertorio y pude fotocopiar todo lo que caía en mis manos (con esas primeras fotocopias que eran verdaderas "fotos" de color violeta). Las enseñanzas de Frogioni me quedaron grabadas y todavía hoy les repito a mis alumnos algunas frases del Maestro y enseguida agrego: "esto lo dijo Frogioni", como para que no crean  que lo inventé yo... Ibamos a tocar a todos lados y, el último año, nos invitaron a participar en conjunto en el "Camping Musical de Villa Gesell", en el que hicimos unos conciertos memorables en algún hotel fino de Pinamar.

A la vuelta de los ensayos, el Fiat 600 de Frogioni se llenaba de alumnos y alumnas. Frogioni vivía por el lado de Parque Chas y muchas veces yo aprovechaba el viaje y me iba a visitar a mis padres en Villa del Parque. Más de una vez Frogioni me invitaba a tomar el té en su casa, en donde conocí a su esposa y sus dos hijas, todas adorables como él. Y pensar que yo lo había conocido en 1963, en aquella reunión en la confitería, que pudo haber sido tan negativa para mí...

Me quedaron muchos programas de mano de los conciertos que dimos pero el Conservatorio nunca me quiso entregar ningún documento avalando ya fuera todas las horas que le regalé  pero  tampoco certificando todo lo que aprendí...

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