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Carlos Visnivetski (1944-2010)
"Memorias de un Músico"
Autobiografía escrita en el año 2006
(pág. 7)

CURROS Y OTRAS YERBAS 

A lo largo de todos estos diez largos años (1967-1976) de Fuerza Aérea también hice de todo. Trataré de recordar y hacer una lista detallada:

1) Collegium Musicum.

2) Mis años de Teatro Colón, en donde me transformé en una especie de comodín para reemplazar oboístas enfermos o con licencias varias en la Orquesta Filarmónica (1974/1975 y luego de volver de San Juan, en 1978).

3) Mis colaboraciones varias en la Orquesta del Teatro Roma de Avellaneda (en la cual toqué por primera vez en mi vida una ópera, que fue "La Boheme").

4) Mis clases de flauta dulce en la Escuela de Música de Avellaneda.

5) Mi colaboración en el Conservatorio de La Lucila en la cátedra de cámara de vientos de Mariano Froggioni (1969-1971).

6) Secretario (1969) y artista (1972) en el Camping Musical de Villa Gesell.

7) La formación de mi primer grupo de cámara de vientos: "Madera Porteña".

8) Mi participación en el grupo poético-musical de Luis Román "Nueva Tierra".

9) Mi participación en el grupo humorístico-musical "Madera", junto a Martín Frutos.

10) Mi participación en el grupo de música argentina "Cuarteto Argentino Valle."

11) Mi curro en "El Caldero de la Gorgona".

12) La dirección del Coro Universitario Agronomía y Veterinaria (1972).

13) Tres dúos con piano.

14) El dúo con el bandoneonista Alejandro Barletta.

15) La orquesta que acompañaba a  Estela Raval, en Michelangelo (1974).

16) "100 años de canciones italianas" en el Teatro Cómico (1975)

17) "Gasalla for Export", con Antonio Gasalla, en el Teatro Estrellas (1976).

18) "Festival de Música Religiosa" con César Canaveri.

19) "Remolino" de Naldo Labrin.

20) Quinteto Vocal "Trébol".

21) Asociaciones diversas con Vivian Tabbush (hasta 1976).

Quisiera dedicarles un parrafito a cada una de estas actividades tan disímiles.

1) Del Collegium Musicum ya hablé bastante, así que comienzo con el segundo item: la Filarmónica.

2)  TEATRO COLÓN (ORQUESTA FILARMÓNICA)

Como sabemos, en el Teatro Colón  hay dos orquestas sinfónicas que se reparten las actividades de conciertos sinfónicos, ópera y ballet: la Estable del Teatro Colón y la Filarmónica de Buenos Aires. A principios de 1974 (yo ya tenía 29 años) hubo una catástrofe oboística en la Filarmónica. Un oboísta tuvo un infarto y otro tuvo un virus que le paralizó media cara. Necesitaban un oboe de urgencia y en Buenos Aires estaban todos los oboístas ocupados. En el Teatro Colón bajaron un poco las expectativas y buscaron algún oboísta que estuviera tocando en alguna banda. Aparecí yo. Me tomaron un examen y quedé como segundo oboe y corno inglés. Fue un examen extraño, pues luego de tocar una pieza y la consabida lectura a primera vista, comenzaron a hacerme tocar fuerte y piano en diferentes registros. El presidente del jurado era el director de la orquesta, Pedro Ignacio Calderón. Después de haber tocado muy piano en el registro grave, Calderón dijo la misteriosa frase que nunca olvidé, frase que pretendió ser un  elogio pero a mí me sonó como  un desprecio: "Usted está muy bien para segundo oboe"...  

Así fue como comenzó mi historia de reemplazos urgentes en la Filarmónica, que duró dos años seguidos (1974-1975) y se volvió a reiterar a durante la primera mitad  de 1978. Recuerdo que yo pasaba por la casa de Etelberto Tavella, que vivía en Haedo y era el ejecutante de corno inglés que había sufrido el infarto. Lo visitaba periódicamente y le decía "no te preocupes por mejorar, yo me hago cargo" (ya que en el Colón cobraba unos buenos pesos).

Otra anécdota que siempre recuerdo fue cuando estábamos veraneando en una carpa en el Balneario Orense, con mi primo Ricardo, que se había fabricado su "loft" en la playa  en  un vagón de ferrocarril. Era en febrero del 75. En ese momento mis dos primeras hijas tenían un año y tres años. Yo me había comprado un Fiat 600 modelo 64 con lo que gané con Estela Raval durante el 74. Una tarde recibo un telegrama de mi papá. "Se inicia la temporada de verano y si no te presentás mañana te quedás sin el puesto". De más está decir que esa misma tarde metimos todo en el Fiat, viajamos toda la noche y a las 10 de la mañana yo estaba muy sentadito en la sala de ensayo del tercer subsuelo del Teatro Colón, como si nada.

Yo tenía muchas otras actividades, pero si me llamaban del Teatro Colón dejaba cualquier cosa que estuviera haciendo y salía disparando. Para colmo yo vivía en Castelar y tenía 40 minutos de tren y otros 15 minutos de subte y luego a correr 6 cuadras. Por esas épocas había problemas con la energía eléctrica y cada dos por tres el tren no funcionaba. Entonces  tenía que ir en colectivo y tardar el doble, pero bajo ningún concepto podía faltar ni llegar tarde. En la Orquesta Filarmónica no se admitía una silla vacía. Algunas veces me decidía a ir con el Fiat 600 pero al llegar al Teatro no podía estacionar y comenzaba a dar vueltas buscando un lugar mientras se iba haciendo la hora de comenzar el ensayo o la función. Todavía hoy, julio de 2005, sigo soñando con esa pesadilla obsesiva de llegar tarde al ensayo o a la función. Otro sueño recurrente y parecido es el de perderme entre los pasillos y las escaleras del Teatro, cosa que también me sucedía en oportunidades.

Un día me llamó Iris Camps (en esa época  era segundo oboe), a eso de las seis de la tarde, diciéndome que estaba descompuesta y no podía asistir al ensayo general de "Electra"... ¿Ensayo general?... Yo jamás había tocado "Electra". Cuando llegué me senté en mi lugar de segundo, entre el primer oboe Alfredo Perona (el mismo que no daba clases, 10 años antes), y Etelberto Tavella, que era el corno inglés. Yo no escuchaba a los cantantes que, para colmo, cantaban en alemán, y no podía seguir las guías de texto. Me perdí irremisiblemente. Comencé a otear en la partitura del corno inglés para ver si podía adivinar por dónde íbamos. Luego, en la del primer oboe. Perona me echó una mirada furibunda. Luego, en el intervalo, en la "rotonda" (el lugar de forma circular en el que estaban las taquillas en las que dejábamos nuestras pertenencias) me agarró y casi me mata y me echa del Teatro para siempre. Él había percibido que yo miraba su partitura y creía que yo le estaba tomando el pelo, controlando lo que él estaba tocando... No había manera de hacerle entender que yo no estaba mirando su parte para controlar si él tocaba o no tocaba lo que estaba escrito sino que trataba de encontrar una guía para poder seguir tocando yo mismo...  

Tuve muchas agarradas feas con Perona, por metidas de pata mías, por no conocer las reglas tácitas de la convivencia dentro del Teatro. Pero también tuve algún que otro elogio, como aquella vez que, tocando una sinfonía de Brahms, en una escala descendente en octavas de los dos oboes y que va llegando al pianísimo en el grave, cuando terminamos, me dijo: "nunca un segundo oboe había tocado tan piano y tan afinado"...

En el Teatro Colón tuve la enorme dicha de ser segundo de grandes oboístas. Además de Alfredo Perona me tocó estar al lado de  Lido Guarnieri.

Lido estaba tocando en Venezuela, pero en una de esas oportunidades en que la Filarmónica se quedó sin oboístas y él estaba de vacaciones en Buenos Aires lo llamaron de urgencia. Lido tenía mucha pinta y había recorrido todo el mundo. Hablando de su pasado y de su relación con el sexo opuesto, una vez me dijo una frase muy cómica: "yo soy casado, soltero, viudo y divorciado". Todo era verdad, sólo que ostentaba cada uno de esos estados civiles en cada uno de cuatro estados geográficos diferentes: Argentina, Uruguay, Perú y Cuba.

También fui segundo de mi maestro, Germán Ehrenhaus y de la joven colega que había sido mi segundo oboe en La Lucila cuando ella cursaba música de cámara y ensayábamos el Trío de Beethoven: Iris Camps, a quien ya mencioné.

Con Iris también tuve una anécdota terrible, cuando ella ya era primer oboe. En una de esas temporadas en que tocábamos "El Lago de los Cisnes" todos los miércoles, sábados y domingos durante un mes entero, yo tenía que darle vuelta la hoja en un determinado lugar. El "Lago" tiene cuatro actos y dura más de tres horas. Las funciones solían durar hasta la una de la mañana y llegábamos medio muertos. Yo tenía que darle vuelta la hoja justo antes de la última carilla. Un buen día, o mejor dicho una mala noche, me equivoqué y le di la vuelta un poco antes, en medio de un solo importante. Por suerte me di cuenta en el acto y volví a poner la hoja en el lugar adecuado, pidiéndole disculpas en voz baja. Pero siempre me quedó la sensación de que ella pensó que se lo hice a propósito. Los primeros oboes del Teatro Colón eran muy suspicaces y desconfiados... Quizás por eso tenían tantos infartos y otras enfermedades raras...

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