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Carlos Visnivetski (1944-2010)
"Memorias de un Músico"
Autobiografía escrita en el año 2006
(pág. 4)

COLLEGIUM MUSICUM

Volviendo al tema del Collegium Musicum, mientras estuve como bibliotecario me metí en cada curso que pude o en cada grupo de música antigua. Estudié flauta dulce y tuve como maestros a Judith Akoschky, Mario Videla y Gustavo Samela. En otros rubros tuve profesores de la talla de Ernesto Epstein, Guillermo Graetzer, Vida de Aisenwaser y Violeta de Gainza. Y tuve por compañeros a personas que luego descollaron en diferentes rubros, como Vilma Gorini, Silvia Furnó, Dina Poch, Ricardo Graetzer o Alejandra Da Passano.

Estuve trabajando en la Biblioteca durante 10 años, desde 1963 hasta 1973. Incluso pude trabajar a medias durante el período del servicio militar, que en esa época se hacía a los 20 años. Mientras tanto, formé parte de diferentes grupos del Collegium: la Orquesta Juvenil, que dirigía Ljerko Spiller, tocando como segundo oboe al lado de Andrés Spiller (aunque él era menor que yo, yo recién comenzaba a tocar y él ya había terminado el conservatorio); el Conjunto Barroco, primero dirigido por Gustavo Samela,  luego por Mario Videla y finalmente por Guillermo Graetzer, entre 1968 y 1970 (grupo en el que toqué oboe y flauta dulce y comencé a aprender los secretos de la ornamentación y la improvisación en el siglo XVIII); el Conjunto de Música Antigua dirigido por Juan Schultis durante 1968 (en el que toqué todas las flautas dulces) y, finalmente, el Coro Juvenil del Collegium Musicum, dirigido por Juan Antonio Gallo (hermano de María

Rosa Gallo y tío de Alejandra Da Passano), que lamentablemente falleció sorpresivamente en plena juventud. Mientras tanto me metí en cuanto curso aparecía por allí. Asistí al curso de Dirección Coral, por Robert Shaw y los de Flauta Dulce, por Hans-Martin Linde y Ferdinand Conrad; Músicoterapia (actividad que estaba dando sus primeros pasos) con Juliette Alvin y con Helga Epstein y, especialmente, el Profesorado de Iniciación Musical y Flauta Dulce, que duraba tres años y no daba ningún puntaje, del cual egresé en 1969. Apenas me recibí, comencé a dar clases de flauta dulce a niños en la misma institución y en las sucursales de Flores y Belgrano.

Aquí podría referirme a una divertida anécdota que tuvo un triste desenlace. Sucedió con la Orquesta Juvenil. Andrés Spiller no tocaba más porque ya era un profesional hecho y derecho. Entonces iba yo como primero y mi compañero Jorge Goldszmidt, también alumno de Ehrenhaus, como segundo. El concierto era  en una iglesia anglicana o metodista del Centro, en una de esas calles que podría ser Maipú o Esmeralda. Tocamos una cantata de Bach, con el Coro Juvenil y solistas. Jorge y yo teníamos que tocar al unísono, junto con las sopranos del coro. No sé si fue por el frío, o porque éramos muy malos, pero el hecho es que desafinamos muchísimo. Cuando el concierto terminó y estábamos en un "camarín" de la iglesia, guardando los instrumentos, se nos acercó el viejo Spiller (ya era viejo en esa época) y, abrazándonos dulcemente por detrás, nos dice, muerto de risa: "tocaron como la caca".

Al salir de la iglesia, Jorge, que ya estaba un poco cansado de tanto estudiar y no conseguir algún puesto estable, me dijo una de esas frases que nunca olvidaré y que luego se transformó en realidad: "me gusta tanto el oboe que un día de estos lo voy a vender y me voy a comprar un montón de discos de oboe". Varios años después, cuando tuve que viajar a  San Juan como "cornoinglesista", me vendió su corno inglés.

"COLIMBA" EN LA BANDA SINFÓNICA DEL EJÉRCITO (1965-1966)

Merece un capítulo especial, no porque haya aprendido a disparar con Mauser ni por haber preparado  infinitos mates cocidos, sino porque tuve la feliz idea de solicitar que me pasaran a una banda. Yo llevaba sólo dos años de estudiar el oboe y podía tocar, por ejemplo, una sonata fácil de Telemann. Después de un mes de instrucción en los campos del escuadrón "Comando y Logística" en Villa Martelli, justo frente al inmenso tanque de gas de Avenida General Paz y Constituyentes, me mandaron a una banda militar en Campo de Mayo. Aparecí con mi oboe bajo el brazo y el pobre teniente que dirigía la banda aparentemente no había visto un oboe en su vida. Me hizo tocar algo, como para comprobar que era cierto que yo tocaba el oboe pero creo que, sobre todo, para ver cómo era un oboe de cerca. Entonces tomó una resolución valiente y digna. Me dijo que su banda no llevaba oboes, que en realidad a mí me correspondía integrar la "Banda Sinfónica del Ejército". Sin dudar un momento tomó el teléfono y llamó al Teniente Primero Chaín, que era el  director de la Sinfónica, y le explicó la situación.  Chaín por supuesto que le pidió que me enviara, y él se ocuparía de arreglar los papeles.

La Banda Sinfónica tenía por sede una especie de inmenso galpón en un Regimiento que estaba cerca de Ciudadela (a cuatro estaciones de tren desde Castelar, así que me venía fenómeno y hasta llegué a ir en bicicleta en muchas oportunidades). Enseguida simpatizamos con el director, cuyo nombre completo era Emilio José Chaín. Muchos años después, cuando él entró como director de la Banda Municipal de Buenos Aires, tuvo muchos problemas, nadie lo quería y tuvo que renunciar. Pero yo llegué a quererlo mucho.   Como yo solía decir en esas épocas "es el único que no me hace limpiar sus zapatos ni me ordena que le cebe mate". Era más músico que militar.

Chaín me permitió conocer algunas obras casi de memoria, ya que la banda era muy "dura" para la música "clásica" y él tenía que ensayar y volver a ensayar. Una de las obras preferidas que ensayé hasta el hartazgo fue la Tercera de Beethoven. Con esa banda tuve la suerte de viajar durante 20 días por todo Brasil (en ómnibus) y conocer muchos pequeños pueblitos de paso, pero también Río de Janeiro, Puerto Alegre y San Pablo. Como dato anecdótico puedo señalar que éramos dos los soldados que integrábamos la banda y nos habían "provisto" uniformes de suboficial (sin insignias) para los conciertos. El otro soldado tocaba el clarinete y su apellido era "Futoransky". Los soldados Visnivetski y Futoransky.

En Río de Janeiro estuvimos varios días. Nos alojábamos en los dos fuertes que están en ambos extremos de la bahía de Guanabara: el "Forte de Copacabana" y el "Forte Duque de Caxias" (pronúnciese "Cashías"). En el primero estaban todos los jefes y suboficiales antiguos, con el soldado Visnivetski. En el segundo estaban todos los cabos, con el soldado Futoransky. Conclusión: Futoransky se la pasaba de joda todo el tiempo y yo me la pasaba sirviendo mate, lustrando zapatos y botas y hasta tuve que pintar todos los atriles de la banda con la ayuda de algunos soldados brasileños. Pero también pude jugar al voley en la playa y un día agarré mal una pelota y me torcí el pulgar derecho. Tuve que ir a la enfermería del "Forte" y ahí conocí a un simpático cabo enfermero del Ejército brasileño con el cual luego nos estuvimos carteando durante años: Jovenil Soarez Da Silva.

Gocé y sufrí con la banda durante seis meses. Cuando por falta de fondos hubo una baja del 50% y en la Inspección de Bandas Militares se quedaron sin soldados que les sirvieran el té y les hicieran los mandados, llegó la orden de mi traslado al piso 13º del Ministerio de Guerra ("Inspección de Bandas Militares"). Durante los siguientes seis meses no toqué más en banda alguna pero alterné con la plana mayor de las Bandas del Ejército y, entre otras cosas, me regalaron una infinita cantidad de papel pentagramado, que posteriormente utilicé para escribir otra infinita cantidad de arreglos y transcripciones (mucho antes de que apareciera la computadora y el programa "Encore"...).

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