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Carlos Visnivetski (1944-2010)
"Memorias de un Músico"
Autobiografía escrita en el año 2006
(pág. 15)

SEGUNDA PARTE: SAN JUAN  (1977-1978),
VUELTA A BUENOS AIRES (abril a noviembre de 1978)
Y TRASLADO  ¿DEFINITIVO?  A BAHÍA BLANCA
 

A fines de 1976 se me estaba por terminar el segundo contrato de cinco años en la Fuerza Aérea. Había tenido un año muy ajetreado y muy militarizado y, lógicamente, mis ansias de alejarme de la Fuerza Aérea se iban incrementando. Justamente por esa época hubo en Buenos Aires dos concursos, a los cuales me presenté con muchas expectativas: uno fue el de la Orquesta Juan de Dios Filiberto (Orquesta Nacional de Música Argentina y de Cámara) y el otro de la propia Sinfónica Nacional. Las dos eran orquestas nacionales, o sea que dependían del Gobierno Nacional, de la Secretaría de Cultura de la Nación, aunque la segunda tenía mucha más categoría y mejor sueldo.

En el concurso de la Filiberto salí segundo, así que no pude entrar y quedé en la lista. En la Sinfónica se presentaron nueve monstruos, dos de los cuales ya estaban en la orquesta y otros dos eran oboístas argentinos que estaban tocando en países lejanos (Lido Guarnieri en Israel y Bruno Pizzamiglio en Francia). Lógicamente no pude competir con semejantes colegas.

Sin embargo, en el jurado estaba el nuevo director de la Sinfónica, Jorge Fontenla, que acababa de llegar de San Juan, en donde había formado con mucho éxito la Orquesta Sinfónica de la Universidad Nacional de San Juan. Fontenla había tomado la dirección de la Sinfónica Nacional y ya me conocía desde aquel momento, tres o cuatro años atrás, en que yo había rendido un "concurso privado" en su departamento. Apenas terminó el concurso me llamó aparte y me preguntó si todavía tenía deseos de ir a San Juan, pues se habían quedado sin corno inglés y suplente de solista de oboe. Le contesté que sí, que sólo me faltaban unos pocos meses de contrato.

Fontenla me conectó con la persona que estaba a cargo de la Orquesta de San Juan, el concertino Humberto Nicastro, y él me aseguró que, si yo tenía el visto bueno de Fontenla, ya tenía el puesto asegurado a partir de 1977 y que eran designaciones anuales, algo así como contratos desde el 1 de abril de un año hasta el 31 de marzo del año siguiente, renovables.

En conclusión: el 31 de enero de 1977 dejé la Banda y el 1 de abril ya estaba en San Juan como solista de corno inglés y suplente de solista de oboe. No era ése el único trabajo. Yo figuraba como "Profesor Asociado con Dedicación Exclusiva", lo que significaba que tenía que cumplir 18 horas de orquesta por semana (15 de ensayo y tres por el  concierto) y además tenía la obligación de presentarme con cierta periodicidad para participar en los recitales de cámara que se efectuaban todos los miércoles. Pero, además,  tenía la obligación de enseñar oboe en la Escuela de Música de la Universidad, para lo cual me adjudicaban 10 horas cátedra.

La Escuela estaba justo a la vuelta del Auditorio y ambos enclavados en medio del "Parque de Mayo", algo así como el  Parque de Mayo de Bahía Blanca o "Palermo" en Buenos Aires, aunque en el caso de San Juan estaba casi en las afueras de la ciudad, pasando la vía y la estación del tren. El Auditorio de San Juan era (y quizás todavía es) el único auditorio del país construido especialmente para conciertos y recitales y que poseía un inmenso órgano de tubos.

La Sinfónica de San Juan estaba de moda en ese momento. Había sido integrada por el Maestro Fontenla con los mejores instrumentistas de todo el país. Los músicos  tenían cargos de profesores universitarios y en ese momento los sueldos eran bastante altos. Esto había sucedido a partir de 1973. La orquesta tenía un programa semanal por Radio Nacional de Buenos Aires en el que retransmitían las grabaciones de sus conciertos. Inclusive llegó a presentarse en el Teatro Colón y grabó un disco, junto al Coro Universitario de San Juan, dirigido por Juan Petracchini.

Pero para 1977 algunos de los músicos ya habían comenzado a aburrirse de estar "tan lejos" y habían comenzado a volverse a sus lugares de origen. Músicos de no tan excelsos laureles comenzaron a reemplazar a los grandes solistas de los primeros años y la orquesta fue bajando poco a poco de nivel. Al mismo tiempo Fontenla se volvió a Buenos Aires para ocupar el cargo de director de la Sinfónica Nacional. La orquesta de San Juan se quedó sin director titular y justo ese año me tocó trabajar con una larga serie de directores argentinos y extranjeros, todos invitados.

La orquesta ensayaba todas las mañanas, de 10 a 13, y tocaba todos los viernes a la noche. Curiosamente, aunque yo era corno inglés y suplente de solista de oboe, el solista, que era el oboísta uruguayo Jorge Rositto, nunca permitió que yo ocupara su puesto. Nunca se enfermó ni tuvo que viajar y nunca tuvo que faltar por ninguna razón. Así que yo tocaba únicamente el corno inglés o bien hacía de segundo oboe para que el ejecutante de segundo oboe, que era el jovencito sanjuanino Alejandro Beresi, que recién hacía sus primeras letras, pudiera tomarse alguna semana de descanso. Beresi me invitó varias veces a su casa (vivía con su familia en una linda casa sobre la Avenida del Libertador General San Martín) y me decía que su apellido provenía de la primera palabra de la biblia: "Bereshit" (al principio).

En San Juan tuve, como en la banda, mucho tiempo libre. Por un lado, al no permitirme Rositto participar como primer oboe, si no había parte de corno inglés y si Beresi no deseaba descansar, yo no tenía "nada que hacer" (por supuesto, salvo estudiar y preparar los recitales de cámara). Por otro lado, en la Escuela de Música tenía adjudicadas 10 horas cátedra con las cuales debía cumplir pero sólo llegué a tener cuatro alumnos. Por lo tanto aquí también tuve tiempo libre. Este tiempo libre lo utilicé dedicándome a la parte de "relaciones públicas" de la escuela. Pronto me vi metido en la organización de los conciertos de alumnos y, como soy un viejo "radiófilo", enseguida comencé a armar ciclos de alumnos y conciertos didácticos por Radio Nacional de San Juan. También me metí en la creación de "Juventudes Musicales Filial San Juan", con la cual también hicimos algunos conciertos. Pero esta asociación no era bien vista en ese momento por razones políticas y por el gobierno militar de la provincia, así que se fue disolviendo tan pronto como había comenzado.

Una linda anécdota fue mi viaje a Mendoza para conocer a mi colega Juan José González. González había sido oboísta de la Fuerza Aérea mucho antes de que yo ingresara. Cuando mis compañeros de la banda me veían en un rincón estudiando, me decían que les hacía acordar a González "que ahora es solista de la Sinfónica de la Universidad de Cuyo". Por supuesto que, cuando aparecí por San Juan, lo primero que hice fue llamar por teléfono al tal González y comentarle que yo seguía sus pasos.

Un buen día, cuando yo estaba preparando las "Metamorfosis" de Britten, para tocarlas en uno de los conciertos de cámara, se me ocurrió llamarlo y preguntarle si él me podía dar algunos consejos al respecto. El me contestó dos cosas: primero, que me fuera a la Biblioteca Sarmiento de San Juan y que sacara directamente el libro de las Metamorfosis de Ovidio para leerlas y para enterarme de qué se trataba; segundo, me invitó a pasar un domingo en su casa. Así que un buen domingo me tomé el primer ómnibus a Mendoza y me pasé el día con él, me invitó con un buen asado y estuvimos dedicándonos a Britten y paseando por la ciudad. Ahí fue cuando me comentó su idea de cultivar cañas y crear una "fábrica" de cañas de oboe y fagot mendocinas, cosa que fue concretando a lo largo de muchos años. Me dejó en la terminal cinco minutos antes de que saliera el último ómnibus para San Juan y resultó que yo era el único pasajero... Ahí pude descubrir por primera vez que un enorme vehículo de pasajeros podía correr a 120 kilómetros por hora, ya que los mojones pasaban exactamente cada 30 segundos...

La más triste anécdota fue la del terremoto, el miércoles 23 de noviembre de 1977 a las seis de la mañana (exactamente tres años después de mi estreno con Alejandro Barletta). Cabe aclarar que en San Juan hay temblores todos los días y a cada momento. Algunos se sienten y otros no. Si uno va caminando, o en coche, por ahí no se da cuenta. Pero si está sentado o si está tomando la sopa, entonces probablemente sí. Recuerdo que un mediodía en el que yo había ido a almorzar al comedor universitario sucedió un hecho muy gracioso. En un determinado momento todos los comenzales se dieron vuelta al mismo tiempo, para ver quién les había movido la silla...

En San Juan estaba permitido construir hasta 8 pisos de alto y nada más, justamente por ser zona sísmica, y los que vivían más arriba sentían los temblores multiplicados, de acuerdo con la altura. Los temblores eran habituales pero "terremoto terremoto", lo que se dice un terremoto de verdad... nunca lo había experimentado hasta ese nefasto día.

Yo había participado en varios de los recitales de cámara de los miércoles en el Auditorio. En uno toqué las "Metamorfosis de Ovidio" para oboe solo de Britten, al que ya hice referencia; con la profesora Eugenia Rozental hice la Sonata de Poulenc y, con la alumna Lucía Constanza, un recital con obras para corno inglés y piano; en otro participé con un grupo de cuerdas y toqué el doble concierto para flauta dulce y flauta travesera de Telemann, junto al flautista Herman Moral y dirigidos ni más ni menos que por el violinista Alberto Varady (en aquel momento concertino de la orquesta).

En noviembre estaba preparando un dúo de obras antiguas y contemporáneas para flauta dulce y guitarra. Mi compañero era un guitarrista de Olavarría, profesor de guitarra en la Escuela y que casualmente vivía a la vuelta de la Escuela y el Auditorio: Juan José Olguín. Con Juan José realizamos entre los dos una nueva versión de las Variaciones sobre Greensleeves, en la cual tanto la flauta como la guitarra tenían partes solistas y virtuosas. El concierto estaba programado justamente para ese miércoles: el 23. Para esa fecha yo ya me había transformado en el "plomo" que se ocupaba de preparar los programas de mano, llevar el original a la imprenta e ir a buscarlos el día anterior al concierto. Yo ya tenía el paquete con todos los programas para esa noche. Cuando de repente la cama se empezó a mover y todas las cosas que yo tenía arriba del ropero comenzaron a caerse. Empezó a escucharse todo tipo de gritos de gente y un ruido ensordecedor e indescriptible que provenía del interior de la tierra. Era como si la casa estuviera siendo derribada por una inmensa aplanadora. Yo vivía en una piecita alquilada, en la casa de una viuda que tenía cuatro hijas. La viuda y las hijas habían salido al jardín y me gritaban que yo también saliera. Salí en calzoncillos y ellas estaban más o menos como yo ...

La cosa duró algo de un minuto pero pareció un siglo. Más tarde volvió a repetirse, no tan fuerte, y durante varios días se repitió, cada vez con menos fuerza  (los famosos "remezones"). Esa noche y las siguientes estacioné el Citroen frente a la casa, donde había una plaza, y dormí dentro del coche (sí, el mismo Citroen en el que dos años atrás había estado ensayando con el Trío Madera Porteña). El hecho es que la casa no se cayó ni sufrió ningún daño, pero en el Auditorio se rompieron todos los vidrios (unas enormes ventanas) y se cayeron todos los tubos del órgano. El recital de flauta dulce y guitarra se suspendió y también se suspendieron todas las actividades hasta nuevo aviso. Me quedé con un montón de programas de un concierto que no se hizo y también con la flamante partitura de Greensleeves sin estrenar (pude estrenarla varios años después, en Bahía Blanca, junto al guitarrista Alberto D'Alessandro, en la Casa de la Cultura).

Ese terremoto, conocido como "el terremoto de Caucete" (una localidad cercana a la Capital de San Juan), fue una de las causas de mi vuelta a Buenos Aires, apenas se cumplió mi contrato, el 31 de marzo. La otra causa: el oboísta que había ganado el concurso en la Orquesta Filiberto había renunciado y entonces me habían llamado a casa de mis padres en Buenos Aires, porque yo era el segundo en la lista...  En realidad esta segunda causa fue un pretexto, ya que me interesaba mucho más seguir haciendo patria en San Juan y no convertirme en un músico más en la Orquesta Filiberto. La verdadera razón de mi vuelta a Buenos Aires fue el cagazo inmenso que me produjo el terremoto y la culpa que me producía llevar a mi familia a vivir conmigo en San Juan, ya que teníamos previsto mudarnos a principios del año siguiente al finalizar las clases.

Para alojar a mi familia yo había alquilado una enorme casa de dos pisos con un gran jardín con frutales y una parrilla. Era una de esas casas antisísmicas que había construido Perón después del terremoto del 44. El dueño vivía en Mendoza.Yo había pagado tres meses de adelanto y, por lo tanto, podía utilizarla durante todo diciembre, enero y febrero. En medio de mi susto y mi desesperación me hice una disparada hasta Mendoza para llorarle que me arrepentía de la operación y que por favor me devolviera el importe de los tres meses adelantados. El tipo no aceptó para nada, pero en cambio me ofreció utilizar la casa durante esos tres meses. Tomamos la casa vacía e instalamos nuestra carpa con todo su contenido de colchonetas, fiambreras, garrafas, anafes, etc., y la usamos como base para una serie de viajes turísticos por San Juan y La Rioja, antes de cancelarla definitivamente y volvernos a Buenos Aires.

De vuelta en Buenos Aires, a partir de abril de 1978, estuve durante meses con un estado de indefinición muy terrible. Extrañaba la Orquesta y la calma de San Juan. También el sueldo... La Orquesta Nacional de Música Argentina y de Cámara Juan de Dios Filiberto tenía un nombre muy largo pero era la "hermanita pobre" de la Sinfónica Nacional. Los sueldos eran muy bajos y los músicos siempre estaban en un estado de "asamblea", tratando de igualarse con la Sinfónica. En mi caso particular, estuve como cinco meses hasta que cobré el primer sueldo. La música que tocábamos no era "de cámara" sino "argentina", en el sentido de tocar arreglos y desarreglos de música folklórica, tangos, etc.

Urgido por las necesidades económicas volví a dar clases de flauta dulce en el Collegium Musicum e inclusive clases de iniciación particular con guitarra o flauta dulce a niños en sus propias casas. Gastaba 20 pesos de nafta para dar una clase por la que me pagaban 25. Enseguida conseguí meterme otra vez como comodín de la Orquesta Filarmónica, en el Teatro Colón,  en donde tocaba buena música y cobraba bien, pero mi posición era absolutamente azarosa y nunca sabía cuándo se terminaría. Corría mucho y hacía muchas cosas que no eran seguras y que tampoco me satisfacían profesionalmente, tales como colaborar con mi papá para realizar presupuestos para una casa de decoraciones y colocación de burletes.

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