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Beethoven Director de Orquesta

* Nota de la Redacción : este artículo fue publicado en la Revista Claves Musicales 78.
El texto está tomado del libro "A Arte da Regência", excelente obra del musicólogo brasileño Sylvio Lago Junior (Lacerda Editores, 2002). Traducción: Gabriel Blasberg.

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Como director, Beethoven tenía innumerables problemas para ejercer sus funciones, siendo la sordera la más grave de ellas. No obstante esas fuertes limitaciones, Beethoven insistía en dirigir, creando malestares para él mismo, para el público, para la orquesta, para los solistas y para sus asistentes de dirección.

Además, las orquestas de que disponía no eran buenas, sino a veces improvisadas o integradas por amateurs, lo que debía resultar en un rendimiento bastante mediocre.

Los historiadores de orquesta y de dirección admiten que Beethoven nunca trabajó con un buen conjunto de músicos. Por otra parte, los testimonios de sus actividades como director hablan de un director de gestos bruscos, intempestivos, confusos y a veces descoordinados y extravagantes en función, por un lado, de su déficit de audición, y por otro, de exageraciones de interpretación o mismo falta de técnica.

Ludwig Spohr presenció el estreno de la Séptima Sinfonía (1814), dirigida por Beethoven, y hace referencias a los movimientos "extraordinarios" del compositor : "Beethoven se había acostumbrado a indicar la expresión para la orquesta por medio de todo tipo de movimientos corporales, incluso de lo más singulares. Siempre que ocurría un sforzando, él extendía de par en par los brazos -que antes había cruzado sobre el pecho- con gran vehemencia. En los pasajes piano , él se iba agachando cada vez más, según el grado de suavidad que deseaba. Si entonces empezaba un crescendo, él volvía a subir gradualmente y, en la llegada del forte, saltaba en el aire. A veces, también, inconscientemente, gritaba para dar énfasis al forte ..."

Otro testimonio importante, y bastante esclarecedor, es el de Ignaz von Seyfried :

"No tenemos motivos para afirmar que nuestro maestro era un modelo de director, teniendo muchas veces la orquesta que evitar que su mentor se extraviase, pues él utilizaba solamente los oídos para sus propias obras y se ocupaba siempre con múltiples gesticulaciones destinadas a indicar la expresión deseada. A veces marcaba equivocadamente un compás descendente en lugar de una acentuación. Acostumbraba sugerir un diminuendo agachándose cada vez más y en un pianissimo se arrastraba casi tocando el piso. Cuando el volumen sonoro crecía, también se erguía como si saliese de una puerta falsa del escenario; y al desencadenar la fuerza total de una orquesta, se ponía en puntas de pies alcanzando casi la altura de un gigante, y agitaba los brazos, pareciendo elevarse hasta el cielo. Todo en él se mostraba activo y ni una pequeña parte de su cuerpo se mantenía ociosa - el hombre era como un perpetuum mobile. No pertenecía al género de los directores caprichosos al que ninguna orquesta del mundo podía satisfacer. A veces se mostraba excesivamente condescendiente, y ni siquiera repetía pasajes que habían sido mal ejecutados durante el ensayo. Decía: 'Estará mejor la próxima vez'. Era muy exigente con la expresión, los matices delicados, la distribución equitativa de luz y sombra, así como del tempo rubato eficaz, y sin mostrar irritación comentaba esos aspectos con los músicos. Cuando observaba que los instrumentistas se ajustaban a sus intenciones y tocaban juntos con ardor cada vez más intenso, su rostro se transfiguraba de alegría, todo su semblante irradiaba placer, una sonrisa de satisfacción brotaba de sus labios, y gritaba ¡Bravi, tutti!, recompensando así una ejecución triunfal."

Es razonable suponer que Beethoven nunca había tenido mucha preocupación en perfeccionarse como director. Incluso antes de la sordera, en la época en que su oído no tenía problemas, Schindler observaba que "raras veces tuvo oportunidad de relacionarse con una orquesta, y sobre todo de adquirir una práctica de dirección".

Harold Schonberg, autor del mejor estudio sobre Beethoven como director, observa que, más allá de esas limitaciones, "la memoria de Beethoven no era fidedigna", y que él mismo era "un hombre sumamente distraído".

Spohr cita que, dirigiendo la Séptima Sinfonía, Beethoven ofreció un espectáculo digno de conmiseración:

"La ejecución fue absolutamente magistral, a pesar de la dirección insegura, y a veces ridícula, de Beethoven. Era muy evidente que el pobre maestro ya no podía escuchar los pasajes más suaves de la música. Sobre todo durante un ensayo de la segunda parte del 1er. movimiento, donde hay dos calderones, el segundo piannisimo (presumiblemente los compases 299 y 300). Parece que Beethoven lo omitió y empezó a marcar el tempo antes de que la orquesta haya tocado el segundo calderón. Así que, sin percatarse en absoluto, se adelantó diez o doce compases a la orquesta."

Hay también un famoso relato de la gran cantante Wilhelmine Schröder, una de las principales Leonoras de su época, acerca de los intentos de Beethoven de ensayar Fidelio :

"Con el rostro desorientado y los ojos tomados por una inspiración inmaterial, agitando la batuta para aquí y para allá con movimientos violentos, él estaba de pie en medio de los músicos ¡y no oía una sola nota! Cuando quería que se tocase piano, se agachaba hasta quedar casi debajo del podio; y si quería un forte, ascendía hacia lo alto, con los gestos más extraños, emitiendo los sonidos más extravagantes. A cada paso nos desanimábamos más y más, y me sentí como si estuviera mirando una de las figuras fantásticas de Hoffman surgiendo enfrente mío. Sucedió lo inevitable: el maestro sordo puso a los cantantes y a la orquesta totalmente fuera de compás, en la mayor confusión, y ninguno sabía dónde estaba."

Schindler, acerca de ese ensayo, también narra lo siguiente:

"La imposibilidad de Beethoven de continuar dirigiendo era evidente. ¿Pero de qué manera informarlo de ese hecho? Ni Duport, el director, ni Umlauf estaban dispuestos a decirle las palabras desanimadoras : '¡No prosiga, váyase, infeliz!'. Beethoven miraba para todos lados, escudriñando los rostros para saber el motivo de la interrupción. En todo al ambiente, un pesado silencio. Y entonces, él me mandó llamar. Me acerqué a él, en medio de la orquesta. Me entregó su cuaderno de anotaciones, indicándome que escriba cuál fue el problema. Rápidamente escribí lo siguiente: 'Por favor, no continúe; hablamos más en casa'. De un salto, el pasó inmediatamente a la platea, diciendo apenas: 'Vamos, de prisa'. Corrió para su casa, sin detenerse ni un instante. Al llegar, se tiró en un sofá, cubrió su rostro con las manos y permaneció así hasta que nos sentamos a comer. Durante la comida no dijo una sola palabra, era una imagen de profunda melancolía y depresión. Cuando intenté irme, después del almuerzo, él me rogó que no lo abandone, hasta la hora de volver al teatro."

Otro relato interesante de las actividades de Beethoven como director es uno de Franz Wild, famoso tenor, en cuya autobiografía (1860) evoca el particular estilo del compositor ante la orquesta:

"Sus brazos y manos se movían como si, con la música, mil vidas se apoderaran de cada miembro suyo. Al principio eso no comprometía el resultado de la obra, ya que las curvaturas y estiramientos que hacía con su cuerpo correspondían, respectivamente, a la disminución o al aumento del volumen sonoro. Permanecía invisible en los pasajes piano y volvía a aparecer en los pasajes forte. Pero, en un momento determinado, el Concertino Umlauf asumió el mando, dejando claro a la orquesta que debía seguirlo. Durante un largo rato Beethoven no advirtió nada. Cuando, finalmente, se percató de lo que acontecía, afloró de sus labios una sonrisa de felicidad que merece ser llamada 'celestial'."

Las dificultades se fueron agravando cada vez más, de forma melancólica, en cada oportunidad en que Beethoven intentaba dirigir en público. Por el hecho de estar incapacitado para escuchar, y por esto mismo imposibilitado de dirigir adecuadamente, las orquestas ignoraban su marcación de tempo y seguían, en vez de a ella, a la del director que asistía a Beethoven, y que se ubicaba casi siempre al lado o detrás de él.

Esta debe haber sido una de las mayores humillaciones morales de Beethoven, sumada además a su imposibilidad de presentarse como pianista, tocando sus obras.

 

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